OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Durante los últimos días he estado observando con atención los procesos políticos de América Latina. Ayer escuchaba los planteamientos del abogado y comunicador Abelardo de la Espriella de Colombia y reflexionaba sobre una realidad que parece repetirse una y otra vez en nuestra región: los pueblos no se radicalizan de la noche a la mañana; son sus dirigentes quienes, por acción u omisión, los empujan hacia los extremos.

Lo vimos en Argentina. Lo vimos en El Salvador. Lo estamos observando en otros países de la región y podríamos estar presenciando un fenómeno similar en Colombia. Cuando los problemas se acumulan durante años y los gobiernos no ofrecen respuestas efectivas, la sociedad comienza a buscar soluciones más drásticas.

Soy, por formación y convicción, un hombre de pensamiento conservador y de derecha democrática. Pero también creo firmemente en la moderación, en el diálogo y en los consensos. La historia demuestra que los extremos, sean de izquierda o de derecha, suelen surgir cuando el centro político pierde la capacidad de escuchar, corregir y actuar.

Lo que me preocupa de la República Dominicana es que muchos de nuestros problemas fundamentales parecen estar siendo barridos debajo de la alfombra. La inseguridad ciudadana, la inmigración irregular, el deterioro urbano, el tránsito caótico, las deficiencias institucionales, la calidad de los servicios públicos y el creciente desencanto ciudadano continúan acumulándose sin que se perciban soluciones estructurales que satisfagan a la población.

Cuando esto ocurre, comienzan a ganar terreno discursos cada vez más radicales. Discursos que prometen resolver los problemas mediante la fuerza, la confrontación o medidas extraordinarias. Aparecen propuestas de mano dura, cárceles de máxima seguridad al estilo Bukele, militarización de determinadas funciones públicas o políticas de choque que encuentran eco en una ciudadanía cansada de esperar respuestas.

No se trata de que esas propuestas sean correctas o incorrectas. Se trata de comprender por qué cada vez más personas comienzan a verlas como alternativas viables.

La verdadera pregunta no es por qué surgen líderes radicales. La pregunta es por qué las sociedades llegan a sentir que necesitan líderes radicales.

Las democracias saludables no deberían depender de salvadores ni de mesías políticos. Deberían funcionar mediante instituciones fuertes, diálogo permanente y capacidad de corregir errores antes de que se conviertan en crisis.

La República Dominicana todavía está a tiempo de evitar ese camino. Pero para lograrlo se necesita valentía política, capacidad de escuchar a la ciudadanía y voluntad de enfrentar los problemas reales sin maquillaje ni propaganda.

Los pueblos suelen ser pacientes, pero no infinitamente pacientes. Cuando sienten que nadie los escucha, terminan buscando respuestas donde las encuentren.

Ojalá nuestros líderes comprendan que la mejor manera de evitar la radicalización no es combatir a los radicales, sino resolver las causas que los hacen surgir.

Todavía estamos a tiempo.

La historia de América Latina demuestra que cuando una sociedad se ve obligada a escoger entre extremos, normalmente es porque el liderazgo moderado llegó demasiado tarde.

Y cuando eso ocurre, las consecuencias suelen durar décadas.