OPINIÓN, FÉLIX CORREA. PARA 7 SEGUNDOS.- Hay una enseñanza de la historia de José de Egipto que nunca pierde vigencia. Es una de esas lecciones que trascienden los siglos porque habla directamente de la naturaleza humana, de nuestra relación con la prosperidad y de nuestra capacidad —o incapacidad— para prepararnos para el futuro.

Cuando José interpretó el sueño del faraón, anunció que vendrían siete años de abundancia seguidos por siete años de escasez. Las famosas vacas gordas serían sustituidas por las vacas flacas. Sin embargo, lo extraordinario de aquella historia no fue la profecía, sino la forma en que se actuó ante ella.

José comprendió que los graneros no se construyen cuando llega el hambre. Los graneros se construyen cuando sobra el pan.

Durante los años de abundancia, Egipto no se dedicó a celebrar sin medida ni a consumirlo todo. Se almacenó trigo, se organizaron reservas y se establecieron mecanismos para enfrentar el futuro. Fue un ejercicio de visión, disciplina y responsabilidad colectiva.

Y es importante destacar algo: no fue el trabajo de un solo hombre. Aunque la idea nació de José, todo un pueblo tuvo que participar en el esfuerzo. Todos tuvieron que aceptar que una parte de la abundancia presente debía sacrificarse para garantizar la supervivencia futura.

La vida funciona de una manera muy parecida.

Cuando atravesamos buenos momentos económicos, cuando el trabajo produce frutos, cuando los negocios marchan bien o cuando gozamos de salud, solemos creer que esa realidad será permanente. Nos acostumbramos rápidamente a las vacas gordas y olvidamos que la existencia tiene estaciones.

Por eso muchas personas, en tiempos de prosperidad, aumentan sus gastos al mismo ritmo que aumentan sus ingresos. Aparecen los lujos innecesarios, las compras impulsivas, las marcas que solo buscan impresionar y la peligrosa ilusión de que siempre habrá más.

Pero la historia de José nos recuerda que la abundancia no es una invitación al despilfarro; es una oportunidad para prepararnos.

Los años buenos tienen una misión: ayudarnos a construir los graneros que nos sostendrán cuando lleguen los años difíciles.

Porque las vacas flacas llegan de muchas formas. A veces aparecen como una enfermedad inesperada. Otras veces como la pérdida de un empleo, una crisis económica, un negocio que fracasa o simplemente una etapa de la vida en la que los ingresos disminuyen.

Y cuando esos momentos llegan, quienes construyeron graneros durante la abundancia enfrentan la tormenta con más serenidad. No porque sean más inteligentes o más afortunados, sino porque tuvieron la prudencia de pensar más allá del presente.

Vivimos en una sociedad que nos impulsa constantemente a mostrar éxito, a consumir más y a aparentar prosperidad. Sin embargo, pocas personas admiran la virtud silenciosa del ahorro, la planificación y la moderación.

Guardamos para el futuro no por miedo, sino por responsabilidad.

Es cierto que no debemos acumular tesoros en la tierra como si fueran el sentido de nuestra existencia. Pero tampoco se nos pide lanzarlos por la ventana en un acto de imprudencia. La sabiduría consiste en encontrar el equilibrio entre disfrutar las bendiciones recibidas y administrar correctamente aquello que Dios pone en nuestras manos.

La próxima vez que la vida le sonría, que los proyectos prosperen y que la abundancia toque su puerta, recuerde esta sencilla verdad: los graneros no se construyen en medio de la escasez.

Los graneros se construyen en la abundancia.

Y quienes entienden esta ley de vida descubren que la verdadera riqueza no consiste en cuánto gastan durante las vacas gordas, sino en cuánto logran preservar para atravesar con dignidad las vacas flacas.

“Quien se acostumbra a sembrar en la abundancia, nunca tendrá miedo de cosechar en la escasez.”