OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Hay días en que uno siente que vivir en la República Dominicana es como intentar derribar la luna lanzándole piedras. No porque falten ciudadanos comprometidos, sino porque muchas veces los reclamos parecen perderse en el vacío.

La frustración no nace de un solo problema. Nace de la acumulación de muchos.

Nace cuando una sentencia definitiva no se cumple. Cuando una comunidad espera años por una solución que nunca llega. Cuando una ley existe, pero no se aplica. Cuando una norma urbanística quedó congelada en el tiempo mientras las ciudades crecieron sin planificación. Cuando una calle diseñada para un tránsito de hace cincuenta años hoy intenta soportar cuatro veces más vehículos, con doble parqueo, motocicletas circulando sin control y peatones obligados a caminar entre automóviles.

Nace cuando el agua llega apenas algunos días a la semana. Cuando los apagones o los trabajos interminables de mantenimiento forman parte de la rutina. Cuando una excavación permanece abierta durante meses. Cuando la inseguridad obliga a modificar nuestra forma de vivir. Cuando el ciudadano siente que debe acostumbrarse a lo que nunca debió ser normal.

No se trata de un problema exclusivo de Gazcue, ni de un barrio, una ciudad o una provincia. Es una sensación que comparten miles de dominicanos: la impresión de que muchas veces el Estado escucha, pero no oye; mira, pero no observa; responde, pero no resuelve.

Y, sin embargo, no podemos permitir que la resignación sustituya a la esperanza

Gobernar un país nunca ha sido una tarea sencilla. Las necesidades son inmensas y los recursos siempre son limitados. Pero precisamente por eso, la capacidad de escuchar y responder con hechos es la mayor fortaleza que puede tener una administración pública.

Las autoridades también desean dejar un legado. Ningún servidor público quiere ser recordado por las oportunidades perdidas. Por eso, más que señalar culpables, este debe ser un llamado a despertar el orgullo institucional. Cada calle recuperada, cada escuela rehabilitada, cada sentencia cumplida, cada servicio público eficiente fortalece la confianza de los ciudadanos y engrandece al Estado.

El dominicano no espera milagros. Espera señales de que sus reclamos producen resultados. Que la perseverancia vale la pena. Que participar en una junta de vecinos, denunciar un problema o cumplir con sus deberes ciudadanos no es un ejercicio inútil.

Quizá ha llegado el momento de cambiar la metáfora

Que nuestros reclamos dejen de ser piedras lanzadas a la luna y se conviertan en los cimientos de una República Dominicana donde la palabra empeñada tenga valor, donde las instituciones respondan con oportunidad y donde el progreso no sea una promesa permanente, sino una realidad visible.

Porque un pueblo que siente que es escuchado recupera la confianza. Y cuando un país recupera la confianza en sus instituciones, comienza a resolver los problemas que durante años parecían imposibles.

Ese es el reto. Y también la gran oportunidad de nuestro tiempo.