El mundo hipersensible de la empatía narcisista quizás nos ha hecho olvidar de esta verdad.
OPINIÓN, MARCELO P. RIVERA.- La migración (regulada, reducida y controlada), en su sentido más común (no implicando cosas como refugiados), es un intercambio de bienes en el que una persona extranjera es traída a un país por los intereses de la nación que la acoge; por eso son comunes los permisos de trabajo.
Entendido esto, reitero, debemos visualizar la migración como un acto interesado de un país que busca mejorarse vía los servicios de un extranjero. Repito para que quede claro que, en la migración, quien debe ganar (por lo general) es el país; el migrante debe ganar resultado de su trabajo y esfuerzo, pero tal esfuerzo (con excepciones particulares impredecibles) siempre será para el bien de la nación.
¿Por qué he de decir esto tan reiterado? Porque la propaganda moderna nos ha despistado. Nos han hecho creer, a base de puro sentimentalismo, que migrar es una especie de acto heroico y trágico en el que las personas solo quieren mejorar su vida y que, por consiguiente, debemos aceptar su desplazamiento entre países (sea por vías legales o ilegales, ya que, por lo visto, lo que importa es que el migrante «mejore su vida», no importando qué consecuencias pueda traer al país receptor).
Pero esto no es así. Un país es su gente; un país tiene sus problemas y dificultades; es inmoral e incorrecto que una nación dañe a su gente por el bien de extraños. Eso no es caridad, ni empatía, es egoísmo sentimentalista (en el mejor caso) y crueldad intencional (en el peor caso).
Conclusión. La migración hacia la República Dominicana es un PRIVILEGIO, no un derecho; y la presencia de migrantes debe servir para el beneficio de la nación, no de los migrantes.
