OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Había una época en que el domingo en la República Dominicana tenía un ritmo distinto. No era simplemente el último día de la semana: era un pequeño acontecimiento familiar, una pausa que comenzaba con el olor del café, el sonido de la radio y la tranquilidad de saber que nadie tenía demasiada prisa.

La mañana arrancaba con la familia reuniéndose, los niños jugando en la casa o en la calle y los adultos conversando sobre las noticias, el béisbol o cualquier asunto que hubiera quedado pendiente durante la semana. En muchos hogares, la misa formaba parte de la rutina, seguida de una visita a los abuelos o a algún familiar que siempre tenía la puerta abierta.

El almuerzo era el verdadero centro del domingo. El arroz, las habichuelas y la carne se preparaban con una dedicación especial. A veces aparecía un sancocho, un pollo guisado o un moro, y nunca faltaba quien llegara sin avisar y terminara sentado a la mesa. La comida rendía porque lo importante no era contar los platos, sino compartirlos.

Después venía la sobremesa, esa costumbre que hoy parece un lujo. Los mayores se quedaban conversando, los niños salían a jugar y alguno se dormía en una mecedora mientras la televisión permanecía encendida. No existía la urgencia de revisar un teléfono cada cinco minutos ni la necesidad de documentar todo lo que ocurría.

En Santo Domingo, muchas familias salían a dar una vuelta por el Malecón, visitaban a los parientes o simplemente se sentaban frente a la casa a recibir la brisa. En los pueblos, el parque, la iglesia y las visitas de una casa a otra eran parte de una vida social que no necesitaba invitaciones digitales. El domingo también era el día de ponerse la mejor ropa, de comprar un helado y de encontrarse con personas que uno no había visto durante la semana.

Por la tarde, el béisbol, una película o algún programa de televisión reunían a la familia. Y cuando comenzaba a oscurecer, llegaba esa sensación tan particular de que el domingo se estaba acabando. Había que preparar los uniformes, revisar las tareas y dejar todo listo para el lunes. Los niños sentían que las vacaciones de dos días habían terminado demasiado rápido.

No se trata de afirmar que antes todo era mejor. Había dificultades, menos comodidades y muchas limitaciones que hoy hemos superado. Pero aquellos domingos tenían algo que vale la pena recordar: el tiempo compartido no competía constantemente con otras cosas. La familia era el centro de la jornada y la conversación no necesitaba una pantalla para existir.

Quizás lo que más se extraña no es una comida, una calle o un programa de televisión, sino la sensación de pertenecer a una rutina común. Saber que el domingo había una casa donde reunirse, una mesa donde siempre cabía alguien más y una tarde que parecía durar un poco más.

Los tiempos cambian y las familias también. Sin embargo, todavía podemos rescatar algo de aquella tradición: apagar por un rato el teléfono, sentarnos a conversar, visitar a nuestros mayores y permitir que los niños conozcan el placer de un domingo sin agenda.

Porque, al final, los domingos que más recordamos no fueron necesariamente los más extraordinarios. Fueron aquellos en que estábamos todos, compartiendo lo sencillo, sin saber que algún día esos momentos se convertirían en nuestros recuerdos más queridos.