OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay guerras que comienzan por cálculos militares… y otras que nacen de interpretaciones políticas sobre cómo reaccionarán los pueblos. Esta parece moverse en ese terreno incierto donde estrategia, emociones y poder se mezclan en tiempo real.
Uno de los supuestos que aparentemente guio la estrategia de Washington fue pensar que, al eliminar a parte de la cúpula política del adversario, el pueblo terminaría volcándose a las calles para provocar un cambio de poder. Algo así como un efecto dominó político.
Pero la historia —y la naturaleza humana— raras veces obedecen guiones tan ordenados.
En muchos casos ocurre lo contrario. Cuando líderes caen, lo que emerge no es necesariamente una apertura política inmediata, sino una sucesión emocional: familiares, herederos políticos o círculos cercanos que asumen el liderazgo con un incentivo muy distinto al de negociar.
No buscan acuerdos rápidos.
Buscan reivindicación.
Y a veces, también justicia o venganza.
Cuando los conflictos entran en esa fase, la diplomacia se vuelve más compleja, porque ya no se negocia solo con intereses estratégicos… se negocia también con heridas abiertas.
Mientras tanto, China ya dejó entrever que esta es una guerra que probablemente nunca debió ocurrir. Cuando una potencia global habla así, normalmente no es por romanticismo pacifista, sino porque ya está viendo venir la factura económica.
Y esa factura empezó a llegar.
El petróleo comienza a reaccionar al alza y cada dólar adicional en el barril funciona como un pequeño impuesto global que pagamos todos: transporte más caro, alimentos más caros y presiones inflacionarias que regresan cuando el mundo apenas comenzaba a respirar.
Para economías abiertas y sensibles a los choques externos como la República Dominicana, estas tensiones internacionales se sienten como ir en un avión atravesando turbulencias. No estamos pilotando el avión… pero sí estamos sentados en los asientos.
Y en medio de todo esto aparece otra variable política.
El presidente Donald Trump enfrenta un calendario político apretado. En apenas ocho meses Estados Unidos llegará a elecciones de medio término, y si el ala demócrata logra recuperar el control del Congreso, el margen de maniobra del gobierno podría estrecharse considerablemente.
En otras palabras, esta guerra no solo se desarrolla en el tablero internacional.
También tiene un frente político interno.
Y cuando política doméstica y conflictos externos se cruzan, las decisiones suelen volverse más rápidas, más presionadas… y a veces más impredecibles.
Por eso el mundo entero está ahora atento a algo muy concreto: el punto de quiebre. Ese momento en que ambas partes concluyen que seguir escalando cuesta más que comenzar a negociar.
Ese momento siempre llega en los conflictos.
La incógnita es cuándo.
Si llega pronto, el mundo respirará con alivio.
Si tarda demasiado, el 2026 podría convertirse en un año de crecimiento más lento, mercados nerviosos y economías emergentes navegando con prudencia.
Por eso, desde esta pequeña isla del Caribe, conviene abrir bien los ojos.
Porque aunque no estemos en la mesa donde se toman las grandes decisiones del mundo, sí estamos en el tablero donde se sienten sus consecuencias.
Y como diría cualquier caribeño con experiencia en tormentas:
Cuando los gigantes empiezan a pelear…
los pequeños debemos amarrar bien las ventanas, asegurar el techo y prepararnos para la ráfaga.
