OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Hay dominicanos que viven convencidos de que el país se acaba cada cuatro años. Y otros más optimistas que creen que se acaba cada seis meses. Yo pertenezco a la generación que ha visto el Apocalipsis dominicano tantas veces que ya debería tener membresía VIP.
Nací en 1951, en plena dictadura, cuando el país —según la conversación de los adultos— estaba al borde de explotar. En 1961 ajustician a Trujillo y muchos pensaron que el mundo se acabaría al día siguiente. No se acabó. Luego vino la salida de su familia, la incertidumbre, la guerra del 65, tropas extranjeras, tensión por todos lados… y otra vez el coro nacional: “ahora sí se dañó el país”. Tampoco se dañó.
Llegaron los doce años de Balaguer. Después el PRD por ocho años y la famosa devaluación, que muchos daban por el final definitivo de la República. Luego regresó Balaguer, ya ciego, y el país siguió viendo. Llegó un joven Leonel Fernández y escuchamos el clásico: “ese muchacho no sabrá gobernar”. El país siguió. Vino Hipólito, la crisis bancaria y el grito colectivo: “¡ahora sí quebramos!”. Y el país… siguió.
Regresó Leonel con préstamos, obras y nuevos pronósticos de catástrofe económica. Nada pasó. Llegó Danilo con continuidad y más pronósticos de catástrofe. Seguimos aquí. Marcha Verde, cambio político, Abinader, pandemia mundial, cierre del planeta, mascarillas, vacunas, deuda pública creciendo… y otra vez el coro nacional: “¡ahora sí se acabó todo!”.
Y aquí estamos. Respirando, trabajando, jugando dominó, quejándonos del tapón… y planeando el próximo fin de semana.
Los gobiernos pasan. Los pronósticos fallan. El dominicano sigue.
Quizá el verdadero rasgo nacional no sea el merengue ni el béisbol. Quizá sea el catastrofismo profesional combinado con una capacidad milagrosa de seguir avanzando. Somos expertos en anunciar el fin del país mientras abrimos negocios, construimos edificios, llenamos las playas, graduamos hijos y seguimos inventando.
El dominicano es, por naturaleza, un pesimista del discurso y un optimista de la práctica.
Porque aunque no lo admitamos mucho, vivimos en un país que tiene una extraña costumbre: sobrevivir a todo… incluso a nuestras predicciones.
Mañana, si Dios quiere, volveremos a decir que el país se está acabando.
Y pasado mañana, volveremos a levantarnos temprano a trabajar.
Los gobernantes pasan. El país queda.
Y contra todos los pronósticos, seguimos de pie.
