Por: Bianna Peña Rubio
La fragilidad de la vida humana a menudo nos toma por sorpresa, recordándonos que la salud es el activo más valioso y, paradójicamente, el más vulnerable.
El reciente fallecimiento del actor James Van Der Beek, conocido mundialmente por su papel en Dawson’s Creek, ha conmocionado a la opinión pública, no solo por la pérdida de un talento a los 48 años, sino por visibilizar una batalla que millones libran en silencio: el cáncer colorrectal y la devastadora carga financiera que conllevan las enfermedades de alto costo.
Si bien la partida de una figura pública suele acaparar titulares, su caso destapa una realidad que golpea con brutalidad en América Latina: cuando una enfermedad catastrófica llega, la estabilidad económica familiar suele ser la primera víctima.
El espejo de James Van Der Beek: Vulnerabilidad más allá de la fama
El 11 de febrero de 2026, el mundo del espectáculo despidió a James Van Der Beek tras una ardua lucha contra el cáncer de colon, diagnosticado en etapa 3 en 2023. A pesar de ser una figura reconocida, su caso expuso lo que los expertos denominan «toxicidad financiera»: la capacidad de una enfermedad para aniquilar el patrimonio de una familia.
Según se reveló tras su muerte, los costos de su atención médica y la prolongada lucha contra la enfermedad dejaron a su familia (su esposa Kimberly y sus seis hijos) en una situación precaria. La necesidad fue tal que se organizó una campaña de recaudación de fondos que, para el 12 de febrero, buscaba mitigar un futuro incierto para sus hijos.
Si un actor de Hollywood enfrenta la quiebra ante un diagnóstico oncológico, ¿qué esperanza alberga una familia de clase media o baja en América Latina?
Van Der Beek, quien se mantenía en excelente forma física y cuidaba su alimentación, descubrió tarde que el cáncer no discrimina. Su historia subraya una tendencia alarmante: el cáncer colorrectal de aparición temprana es ahora la principal causa de muerte por cáncer en menores de 40 y 50 años.
Entre el diagnóstico tardío y la quiebra
En nuestra región, el escenario es aún más complejo. Las enfermedades de alto costo, que incluyen cáncer, insuficiencia renal, VIH/SIDA y enfermedades raras, se definen no solo por su gravedad médica, sino por representar una carga financiera insostenible para los sistemas de salud y los bolsillos de los ciudadanos comunes y corrientes.
El acceso a estos tratamientos es una de las manifestaciones más tangibles de la desigualdad en las Américas. Mientras que en países desarrollados el debate gira en torno a la coparticipación, en América Latina, enfermarse gravemente puede ser una sentencia de pobreza y ruina.
En República Dominicana, por ejemplo, se reporta que las familias terminan hipotecando su futuro para costear medicamentos que los seguros no cubren o cubren parcialmente. Un paciente con lupus puede gastar decenas de miles de pesos mensuales en fármacos, una cifra impagable para el salario promedio.
Un paciente con una enfermedad crónica como HIPERTENSIÓN ARTERIAL con algunas complicaciones adheridas como obstrucción de la Arteria coronaria, tiene tantos gastos en medicamentos que apenas puede sostener su alimentación.
Sin contar que muchas de estas personas que sufren de estas complicaciones se encuentran en la tercera edad, lo que los hace más susceptibles a posibles complicaciones. Y más si no se alimentan correctamente por estar dedicando el poco ingreso que tienen a las recetas médicas mensuales que no deben faltar en su mesita de noche.
Y es que como dice un proverbio chino: “El secreto de la salud está en la comida.” Pero ¿y si los medicamentos son tan costosos que no le da para comer dignamente?
Esto hace que caigamos en un círculo tóxico en donde al no alimentarse correctamente, los ciudadanos no pueden sanar efectivamente y así se mantienen enfermos y pobres.
¡Que dura realidad esta!
El costo de la supervivencia
La sostenibilidad de los sistemas de salud está en jaque. El alto precio de los medicamentos, a menudo protegidos por patentes que otorgan monopolios temporales a las farmacéuticas, limita el acceso masivo a terapias innovadoras.
Datos recientes ilustran esta presión fiscal:
República Dominicana: El Estado invierte más de 7,500 millones de pesos al año en programas de alto costo, donde el cáncer absorbe el 40% del presupuesto. A pesar de esta inversión, los diagnósticos tardíos resultan en una baja tasa de supervivencia.
Brasil: El gasto en medicamentos excepcionales aumentó un 347% entre 2003 y 2008, impulsado en parte por la judicialización de la salud, donde los pacientes recurren a los tribunales para obligar al Estado a cubrir sus tratamientos.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha señalado que el acceso a los medicamentos es un derecho humano fundamental, pero barreras como los altos costos y la falta de financiación pública efectiva impiden que este derecho sea una realidad para todos.
Hacia una Solución Ética
Basado en el artículo académico “Health care as a universal right” (La atención sanitaria como un derecho universal), profundizaremos en las soluciones estructurales y éticas necesarias para enfrentar la crisis de los altos costos en el acceso a una salud de calidad.
Más allá de la denuncia y la empatía, es urgente plantear soluciones técnicas y éticas viables.
Este estudio propone un marco conceptual que podría ser clave para los sistemas de salud de América Latina: la implementación de una «Función de Igualdad de Oportunidades».
El dilema central es ineludible: la demanda de atención sanitaria es infinita (impulsada por el envejecimiento y nuevas tecnologías costosas), pero los recursos son finitos. Ante esto, el estudio sugiere que la única salida justa es un «racionamiento ético» basado en la evidencia y la transparencia.
¿Cómo funcionaría esto en nuestra realidad?
Priorizar Necesidades sobre Preferencias: El modelo propone distinguir claramente entre «necesidades fundamentales» (como el tratamiento oncológico que requería Van Der Beek) y meras «preferencias» o comodidades. Utilizando una adaptación de la pirámide de necesidades de Maslow, los sistemas de salud deben garantizar que las necesidades fisiológicas y de seguridad (vida o muerte) estén cubiertas por un paquete básico universal, dejando los niveles superiores a la responsabilidad individual si los recursos públicos no alcanzan.
Rendición de Cuentas por Razonabilidad: Para que las familias no sientan que el sistema las abandona arbitrariamente, el estudio aboga por la «rendición de cuentas por razonabilidad» (accountability for reasonableness). Esto implica que las decisiones sobre qué medicamentos de alto costo se financian deben ser:
Públicas: Todo ciudadano debe conocer las reglas.
Relevantes: Basadas en evidencia científica de qué funciona y qué no.
Apelables: Debe existir un mecanismo para revisar decisiones injustas.
Geometría Variable y Humanismo Mínimo: Reconociendo que no todos los países de América Latina tienen el mismo PIB que las potencias mundiales, el concepto de «geometría variable» permite ajustar el nivel de cobertura a la realidad económica local. Sin embargo, esto no exime a los Estados de su responsabilidad; el objetivo debe ser garantizar un «mínimo humanitario» inalienable, donde el acceso a una atención de calidad apropiada sea un derecho moral y legal, independientemente de la capacidad de pago del individuo.
Adoptar este enfoque de «igualdad de oportunidades» permitiría pasar de un sistema que quiebra familias al azar, a uno que protege solidariamente la dignidad humana frente a la fatalidad biológica.
La muerte de James Van Der Beek nos deja lecciones dolorosas pero necesarias.
Él mismo reflexionó sobre su enfermedad como un «curso intensivo en el dominio de la mente, el cuerpo y el espíritu». Su legado, más allá de la pantalla, podría ser el de concienciar sobre la importancia del tamizaje temprano, ya que el cáncer colorrectal es altamente tratable si se detecta a tiempo, pero suele ser un «asesino silencioso» asintomático en sus primeras etapas.
Sin embargo, la consciencia individual no basta sin un respaldo estructural gubernamental y social.
En América Latina, la «cruda realidad» es que el código postal o el saldo bancario determinan, en demasiadas ocasiones, quién vive y quién muere.
Es imperativo que los gobiernos de la región fortalezcan sus políticas de acceso, regulen los precios de medicamentos monopólicos y fomenten la prevención.
Como sociedad, debemos mirar estos casos con empatía y exigir sistemas de salud donde la dignidad humana no tenga un precio de mercado. Porque, como demostró el caso de Van Der Beek, la enfermedad nos iguala a todos en vulnerabilidad, pero es la justicia social la que debe igualarnos en oportunidades de supervivencia.
