OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – Hoy enterramos a mi hermano Humberto. Una vida que comenzó como tantas otras, en un hogar lleno de amor, oportunidades y sueños, pero que terminó consumida por las sombras de la adicción. Su historia no es solo personal. Es también un llamado urgente a las familias dominicanas para que abramos los ojos frente a un problema que arrastra consigo la dignidad, la esperanza y los vínculos más profundos de nuestras vidas.
Humberto nació en Caracas, Venezuela, en el seno de una familia estable. Nuestro padre trabajaba para el Banco Interamericano de Desarrollo, y la vida en la diplomacia nos permitió acceder a una educación sólida y un ambiente de disciplina. Nunca imaginé que un entorno así podría no ser suficiente.
El retorno de nuestra familia a la República Dominicana en el año 1972 marcó un punto de quiebre. Humberto tenía apenas 16 años cuando comenzó a vincularse con amistades de dudosa procedencia. Lo que al inicio parecía simple rebeldía adolescente, pronto se convirtió en una espiral de consumo que nunca se detuvo.
Desde entonces, mi familia y yo libramos una batalla de casi 45 años. Batalla contra la dependencia, contra las recaídas, contra el dolor de verlo perder su esencia, su voluntad, su paz. Humberto se transformó lentamente en una persona desconectada de sí misma, de los demás, y de toda norma social. Su adicción no solo destruyó sus sueños, también resquebrajó la armonía familiar, generó culpas, tensiones, impotencia… y un luto anticipado que duró décadas.
Lo intentamos todo: clínicas, tratamientos, terapias, fe. Pero cuando la persona no puede —o no quiere— ser parte activa de su recuperación, el sistema entero se desgasta. Y eso le ocurrió a Humberto. Su adicción fue más fuerte que nuestra capacidad de rescatarlo. Lo último que perdió fue el vínculo con la realidad, y su vida terminó apagándose como una vela a punto de consumirse.
Hoy, a cinco días de su cumpleaños número 61, nos toca sepultarlo. Y mientras colocábamos la tierra sobre su ataúd, no podía dejar de pensar en todas las familias que ahora mismo están lidiando con este drama humano. Que sienten que viven con un extraño dentro de su propia casa. Que se preguntan cada día si hicieron lo suficiente.
Yo también me hice esas preguntas. Y aprendí que la culpa es una carga innecesaria cuando se ha hecho lo que se ha podido, cuando el amor ha sido constante, aunque a veces se haya tenido que ejercer con distancia para no convertirse en cómplice del dolor.
Humberto fue mi hermano, y lo quise siempre, incluso cuando sus actos eran difíciles de perdonar. Hoy, desde la tristeza, quiero convertir su partida en una advertencia. La droga no respeta orígenes, ni educación, ni clase social. Entra silenciosamente y se queda, muchas veces, hasta destruirlo todo.
A las familias dominicanas les digo: observen, hablen, escuchen. La prevención comienza en el hogar. No minimicen los cambios de comportamiento, no callen por vergüenza. Y si ya están en medio del huracán, busquen ayuda sin demora, aunque duela.
Mi hermano ya no sufre. Pero muchos otros sí. Que su historia no se repita. Que el amor no nos nuble la razón. Que su muerte no haya sido en vano.
