OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Escribo estas líneas consciente de que generarán polémica. Pero hay reflexiones que, aunque incómodas, merecen ser planteadas con honestidad intelectual.

Antes que nada, debo declarar mis raíces: provengo de una familia de origen judío sefardí los Lopez Penha, expulsada de la península ibérica en 1492 por los Reyes Católicos. Con el paso del tiempo, como tantas otras, mi familia abrazó el cristianismo, no necesariamente por convicción inicial, sino como un acto de supervivencia al emigrar hacia América. Esa dualidad histórica —persecución, adaptación y permanencia— me acompaña y da contexto a esta reflexión.

Como estudioso y docente de geopolítica, hay un hecho que desde hace años no deja de inquietarme: la creación del Estado de Israel en 1948, en el mismo territorio donde coexistían —y ya chocaban— aspiraciones nacionales profundamente enfrentadas.

Tras la Primera Guerra Mundial, el colapso del Imperio Otomano dejó a Palestina bajo administración británica. En ese contexto, la Declaración Balfour de 1917 abrió la puerta al establecimiento de un hogar nacional judío en esa región, sin resolver de forma equilibrada la realidad de las poblaciones árabes que ya habitaban el territorio. Décadas más tarde, luego del trauma indescriptible del Holocausto, la Organización de las Naciones Unidas impulsó en 1947 un plan de partición que buscaba dividir el territorio en dos Estados. Lo que siguió fue la Guerra árabe-israelí de 1948, y con ella, el nacimiento de Israel en medio de un conflicto que no ha cesado.

Y aquí surge la inquietud que da origen a este artículo:

¿Era geopolíticamente sensato establecer un nuevo Estado en el mismo espacio donde convivían —y se disputaban— pueblos con identidades, memorias y aspiraciones incompatibles?

La analogía es sencilla, pero poderosa: cuando dos partes viven en conflicto, los sistemas modernos buscan separarlas para evitar la violencia. Se establecen distancias, límites, mecanismos de protección. Sin embargo, en este caso, la solución adoptada fue exactamente la contraria: colocar a dos pueblos enfrentados en un mismo territorio, obligados a coexistir bajo tensiones históricas no resueltas.

Algunos dirán —con razón— que para el pueblo judío, Palestina no era una opción cualquiera, sino su tierra histórica, espiritual y cultural. Y es cierto. También es cierto que existieron propuestas alternativas, como el llamado “Plan Uganda”, que no prosperaron precisamente porque no respondían a esa identidad profunda.

Pero el hecho geopolítico permanece: se tomó una decisión humana —no divina, no inevitable— que institucionalizó un conflicto en lugar de disolverlo.

Más de siete décadas después, el mundo ha sido testigo de guerras recurrentes, desplazamientos masivos, ciclos de violencia, terrorismo, intervenciones internacionales y un sufrimiento humano difícil de cuantificar. Generaciones enteras han nacido y vivido bajo la sombra de una confrontación que parece no tener salida.

Y entonces la pregunta persiste, incómoda pero necesaria:

¿Cuánto dolor, cuántos recursos y cuántas vidas se habrían ahorrado si la solución hubiese sido diferente?

No pretendo ofrecer respuestas absolutas, ni mucho menos simplificar un conflicto de enorme complejidad histórica, religiosa y política. Tampoco creo prudente atribuirlo a explicaciones místicas o castigos divinos. Más bien, esta reflexión apunta a algo más humano: la posibilidad de que, en momentos críticos de la historia, decisiones imperfectas —tomadas bajo presión, culpa o urgencia— hayan sembrado problemas que luego se volvieron estructurales.

Quizás este sea uno de los ejemplos más claros de cómo la geopolítica, cuando no logra equilibrar historia, territorio e identidad, puede crear conflictos que trascienden generaciones.

Y quizás, también, sea una invitación a reflexionar sobre los conflictos actuales del mundo:
cuántos de ellos no son inevitables… sino el resultado de decisiones que aún estamos a tiempo de repensar.

La profecía biblica se ha dado por decision humana!