OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR PARA 7 SEGUNDOS.- La reciente controversia surgida alrededor de la entrada de la empresa vietnamita Viettel al mercado dominicano de las telecomunicaciones debería servirnos para analizar un fenómeno mucho más amplio que una simple licitación de frecuencias. Lo que verdaderamente está ocurriendo es una competencia creciente entre modelos de influencia económica y geopolítica en América Latina, particularmente entre Estados Unidos y China.
El excelente artículo de José Singer, China y su estrategia en República Dominicana, publicado en Diario Libre, advertía hace algunos meses sobre una realidad que se está desarrollando delante de nuestros ojos: China ha venido aumentando silenciosamente su presencia económica en nuestro país. Singer señalaba que en 2024 importamos alrededor de US$4,600 millones desde China y que en 2025 esa cifra rondó los US$5,500 millones, mientras nuestras exportaciones hacia ese gigantesco mercado apenas alcanzaron unos US$300 millones. Es una relación profundamente desequilibrada que merece atención. (Diario Libre)
Pero hay otra dimensión del fenómeno que debemos observar.
Mientras Estados Unidos tradicionalmente ejerce su influencia en nuestra región mediante la diplomacia, la política, la seguridad, los organismos internacionales y su enorme peso histórico, China parece haber comprendido que existe otra manera de ganar espacio: el comercio, la inversión y la presencia empresarial.
Los chinos rara vez necesitan aparecer todos los días en la primera página de los periódicos dominicanos. Tampoco participan directamente en nuestras discusiones políticas domésticas. Simplemente comercian, invierten, abren establecimientos, financian proyectos y van ocupando espacios económicos. Como señalaba gráficamente Singer, determinados negocios chinos están creciendo en nuestro territorio prácticamente “como la verdolaga”. (Diario Libre)
Eso debe preocuparnos desde el punto de vista de la competencia, la transparencia, la protección de la industria nacional y el equilibrio comercial. Pero también debemos preguntarnos por qué ese modelo resulta atractivo para tantos países en desarrollo.
La respuesta puede ser incómodamente sencilla: nuestros países necesitan inversión.
La controversia alrededor de Viettel resulta ilustrativa, aunque conviene hacer una precisión fundamental: Viettel no es una compañía china sino vietnamita. Indotel le adjudicó 240 MHz de espectro en las bandas de 700 MHz, 2.3 GHz y 3.6 GHz por un período de veinte años para desarrollar servicios 4G y 5G. El presidente Luis Abinader ha defendido la entrada de un nuevo competidor señalando que dos empresas concentran aproximadamente el 95 % del mercado dominicano y que nuestras tarifas de telecomunicaciones son alrededor de un 22 % superiores al promedio latinoamericano. (Diario Libre)
Al mismo tiempo surgieron públicamente advertencias estadounidenses relacionadas con los riesgos de determinadas tecnologías chinas en las telecomunicaciones. Sin embargo, Guido Gómez Mazara, presidente de Indotel, ha insistido en que esas advertencias no estaban dirigidas específicamente contra Viettel y recordó, además, que Vietnam mantiene importantes relaciones económicas con Estados Unidos. (Diario Libre)
Precisamente ahí aparece el verdadero debate.
República Dominicana tiene una relación histórica, económica, migratoria y estratégica con Estados Unidos que difícilmente pueda compararse con ninguna otra. Millones de dominicanos viven allí; buena parte de nuestras remesas procede de ese país; Estados Unidos constituye uno de nuestros principales mercados y es nuestro socio natural por razones geográficas, culturales, económicas y de seguridad.
Eso no está en discusión.
Lo que sí debería estar en discusión es cómo Estados Unidos pretende conservar esa influencia durante los próximos veinte o treinta años.
Porque el mundo cambió.
Durante décadas, América Latina tuvo pocas alternativas reales. Hoy existe China, existen grandes capitales asiáticos, existe una economía mundial mucho más diversificada y existen países dispuestos a financiar infraestructura, telecomunicaciones, energía, transporte y comercio.
Y aquí surge una diferencia estratégica que Washington debería estudiar cuidadosamente.
Cuando Estados Unidos percibe una inversión que considera contraria a sus intereses estratégicos, frecuentemente activa sus mecanismos diplomáticos, políticos y de seguridad para expresar preocupación. Está en su derecho de hacerlo, particularmente cuando existen riesgos legítimos de ciberseguridad o de protección de infraestructuras críticas.
Pero los países pequeños también tenemos derecho a preguntarnos: ¿cuál es la alternativa?
No basta con decirnos de quién debemos alejarnos. Hay que decirnos también quién va a invertir.
No basta con advertirnos que determinada tecnología representa un riesgo. Hay que ofrecer tecnología competitiva.
No basta con pedirnos que limitemos determinadas inversiones. Hay que generar otras mejores.
Porque con las advertencias diplomáticas no se construyen carreteras, no se levantan fábricas, no se despliegan redes 5G y no se crean suficientes empleos.
Con inversión, sí.
Ahí radica, a mi juicio, una de las grandes fortalezas de la estrategia china. Pekín parece haber entendido algo elemental: la influencia económica termina convirtiéndose, tarde o temprano, en influencia geopolítica.
No necesita necesariamente intervenir en nuestros partidos políticos ni participar abiertamente en nuestros debates internos. Cada tienda que abre, cada empresa que instala, cada mercancía que coloca, cada infraestructura que financia y cada empresario que establece relaciones comerciales constituye una pequeña pieza dentro de una estrategia de largo plazo.
Es una penetración mucho más silenciosa que la política tradicional.
Y posiblemente más efectiva.
Ahora bien, sería ingenuo pensar que China actúa exclusivamente por generosidad. China defiende sus intereses exactamente igual que Estados Unidos defiende los suyos. Ninguna gran potencia practica la filantropía como política exterior. Detrás de cada inversión existen objetivos comerciales, tecnológicos, diplomáticos o estratégicos.
Por eso República Dominicana tampoco debe sustituir una dependencia por otra.
Nuestra posición inteligente no puede ser escoger ciegamente entre Washington y Pekín. Debe ser defender el interés dominicano.
Toda inversión extranjera —estadounidense, china, europea, vietnamita o de cualquier procedencia— debe cumplir nuestras leyes, garantizar transparencia en el origen de los capitales, pagar correctamente sus impuestos, respetar las normas laborales, competir en igualdad de condiciones y, cuando se trate de sectores estratégicos como telecomunicaciones, energía, puertos o infraestructura digital, satisfacer rigurosos estándares de seguridad nacional.
Pero una vez cumplidas esas condiciones, debemos procurar atraer inversión y competencia.
Estados Unidos haría bien en comprender esta nueva realidad.
Durante más de un siglo su enorme influencia sobre América Latina estuvo respaldada por la geografía, la historia, el poder militar, el comercio y la diplomacia. En el siglo XXI deberá agregar otro componente indispensable: más inversión competitiva.
Porque China no necesita conquistar América Latina políticamente si logra hacerlo comercialmente.
Puede hacerlo puerto por puerto, empresa por empresa, tienda por tienda, contrato por contrato y mercado por mercado.
Sin discursos estridentes.
Sin grandes confrontaciones.
Simplemente haciendo negocios.
Y cuando dentro de veinte años miremos hacia atrás, posiblemente descubramos que la correlación de fuerzas económicas cambió mucho antes de que nos diéramos cuenta.
Por eso el episodio dominicano de las telecomunicaciones debería ser una señal de alerta, no solamente para nosotros, sino también para Washington.
República Dominicana debe preservar su alianza estratégica con Estados Unidos, pero una alianza moderna no puede fundamentarse exclusivamente en recordar cuánto le debemos históricamente a un amigo. También debe preguntarse qué necesitamos hoy y qué necesitaremos mañana.
Y nuestros países necesitan tecnología, infraestructura, competencia, empleos y capital.
En definitiva, la competencia del siglo XXI posiblemente no se decidirá por quién pronuncie el discurso político más fuerte ni por quién ejerza mayor presión diplomática. Se decidirá por quién sea capaz de generar oportunidades concretas de desarrollo.
Entre imposición e inversión, los países en desarrollo terminarán inclinándose hacia donde encuentren inversión.
Estados Unidos sigue teniendo enormes ventajas en República Dominicana y en buena parte de América Latina. Pero no debería darlas por eternas.
China está jugando una partida de largo plazo.
Y la está jugando en silencio.
