OPINION, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– Hay funcionarios que pasan por las instituciones y hay otros que terminan convirtiéndose en parte de su historia. Héctor Valdez Albizu pertenece, sin duda, a la segunda categoría.
Escribo estas líneas no solamente desde la perspectiva de quien durante muchos años estuvo vinculado al sector bancario dominicano, sino también desde una experiencia personal que me permitió conocer distintas etapas de la trayectoria de Héctor: unas desde la cercanía profesional, otras desde posiciones circunstancialmente contrapuestas y algunas, probablemente las más difíciles, desde el otro lado de decisiones tomadas durante una de las mayores crisis financieras que ha conocido la República Dominicana.
Precisamente por eso considero que este reconocimiento tiene valor. Es fácil elogiar a quienes siempre estuvieron de nuestro lado. Mucho más significativo es reconocer los méritos de una persona después de haber atravesado momentos en los cuales la historia nos colocó en posiciones diferentes.
Conocí la trayectoria de Héctor Valdez Albizu desde mucho antes de que llegara a la Gobernación. Era un hombre formado dentro del propio Banco Central, institución a la que ingresó en 1970 y en la que fue ascendiendo desde posiciones técnicas hasta ocupar responsabilidades cada vez mayores.
Recuerdo particularmente una conversación de aquellos años con mi padrino, don Heriberto de Castro, que en paz descanse, hombre de experiencia y buen conocedor del Estado dominicano y de la manera de pensar del doctor Joaquín Balaguer. Me decía que Balaguer tenía los ojos puestos en aquel economista del Banco Central y que probablemente lo llevaría primero a una posición importante dentro del equipo económico antes de encomendarle responsabilidades todavía mayores.
Así ocurrió. Valdez Albizu pasó a desempeñarse como administrador general del Banco de Reservas. Aquella experiencia fue importante porque complementó su formación como economista y técnico monetario con el conocimiento directo de la banca desde la posición ejecutiva más alta de una institución financiera.
Posteriormente, el 31 de agosto de 1994, el presidente Joaquín Balaguer lo designó gobernador del Banco Central. Visto retrospectivamente, aquella decisión resultó trascendente.
Héctor permaneció en la Gobernación hasta agosto del año 2000. Con la llegada al poder del presidente Hipólito Mejía se produjo la única interrupción de su prolongada permanencia al frente de la autoridad monetaria.
Desde el sector bancario algunos entendíamos entonces que hubiese sido conveniente preservar esa continuidad institucional. Recuerdo que incluso planteamos la conveniencia de mantenerlo en la Gobernación. No se hizo, y con la perspectiva que ofrecen los años considero que fue una oportunidad perdida.
En aquellos años me correspondió ocupar responsabilidades dentro de las organizaciones representativas de la banca y conocíamos vulnerabilidades que comenzaban a manifestarse en determinadas áreas del sistema financiero. La historia posterior fue extraordinariamente compleja y merece ser analizada sin simplificaciones ni conveniencias retrospectivas.
La crisis bancaria de 2003 no puede atribuirse seriamente a una sola persona, institución o decisión. Fue el resultado de una combinación particularmente peligrosa de debilidades de supervisión, problemas de gobernanza bancaria, prácticas contables inadecuadas, fraudes, deficiencias regulatorias y respuestas que, ante la dimensión de los acontecimientos, terminaron teniendo enormes consecuencias monetarias, fiscales y cambiarias.
Fue, utilizando una expresión conocida, una verdadera tormenta perfecta. Y quienes estuvimos dentro del sistema sabemos que las tormentas perfectas rara vez tienen una sola causa.
Tengo razones personales para recordar aquellos acontecimientos. El colapso de Baninter desencadenó una crisis de confianza que terminó afectando otras instituciones financieras, entre ellas el Banco Mercantil, al cual estuve estrechamente vinculado.
Durante mucho tiempo he sostenido que aquella crisis debe analizarse en toda su dimensión. No solamente desde las responsabilidades individuales que correspondieran a accionistas, administradores o directores de determinadas entidades, sino también desde la responsabilidad institucional del sistema de regulación y supervisión y desde las decisiones de política pública tomadas antes, durante y después de la crisis.
En medio de aquel proceso me correspondió estar, circunstancialmente, frente a Héctor Valdez Albizu. No puedo borrar esa experiencia de este relato porque hacerlo le restaría autenticidad.
Pero tampoco puedo dejar de señalar algo que siempre reconocí: aun en aquellas circunstancias difíciles, Héctor tuvo conmigo la distinción de recibirme, escuchar mis argumentos y oír mi versión de los acontecimientos.
Las crisis financieras producen enormes presiones políticas, económicas, judiciales y sociales. Con el paso del tiempo resulta más fácil comprender que en 2003 el país entero estaba tratando de contener una situación extraordinariamente peligrosa. La experiencia internacional demuestra, además, que una crisis bancaria nunca es exclusivamente bancaria. Cuando se rompe la confianza, rápidamente el problema pasa de los bancos al tipo de cambio, de ahí a la inflación, luego a las finanzas públicas y finalmente al bolsillo de todos los ciudadanos.
Eso fue lo que vivimos. Y por eso aquella experiencia debería permanecer como materia de estudio para economistas, banqueros, supervisores, reguladores y funcionarios públicos dominicanos. No para reabrir heridas, sino para evitar que los mismos errores puedan repetirse.
Cuando Leonel Fernández regresó a la Presidencia en agosto de 2004 tomó una decisión de enorme trascendencia: devolver a Héctor Valdez Albizu a la Gobernación del Banco Central.
El país que recibió no era el mismo que había dejado cuatro años antes. Había que recuperar confianza, estabilizar expectativas, controlar la inflación, reconstruir reservas internacionales y restablecer la credibilidad de las autoridades económicas frente a los organismos multilaterales, los mercados internacionales, los empresarios y, sobre todo, los propios dominicanos.
A partir de entonces comenzó la segunda y extraordinariamente prolongada etapa de Héctor al frente del Banco Central. Leonel Fernández lo mantuvo. Danilo Medina lo confirmó. Y Luis Abinader, perteneciente precisamente a una tradición política diferente, decidió mantenerlo desde 2020 y nuevamente lo ha confirmado en agosto de 2026.
Ese dato, por sí solo, merece atención.
En nuestro país existe una tendencia histórica a sustituir funcionarios simplemente porque cambia el partido gobernante. Héctor Valdez Albizu constituye una excepción notable. Ha trabajado con gobiernos políticamente distintos porque alrededor de su figura se ha ido construyendo algo extremadamente difícil de obtener en política económica: credibilidad.
La moneda funciona, en buena medida, sobre confianza. Los mercados también. Un gobernador de un banco central no dispone solamente de tasas de interés, reservas internacionales y mecanismos monetarios. Dispone de un activo intangible mucho más difícil de construir: la confianza que genera su palabra.
Cuando habla un gobernador creíble, los agentes económicos escuchan no solamente lo que dice, sino también lo que representa. Y Héctor ha logrado convertirse, después de tantos años, en una referencia de continuidad para empresarios, banqueros, inversionistas, organismos internacionales y para la sociedad dominicana.
Considero que una de las decisiones institucionalmente más acertadas del presidente Luis Abinader fue comprender que la estabilidad monetaria no tiene color partidario.
Abinader llegó al poder en 2020 en circunstancias excepcionalmente difíciles, en medio de una pandemia que paralizó economías enteras. Pudo haber sustituido al gobernador para colocar una figura vinculada políticamente al nuevo gobierno. No lo hizo. Privilegió continuidad, experiencia y credibilidad.
Y creo que esa decisión también ha contribuido a proyectar una imagen diferente de la tradición económica asociada históricamente al PRD y posteriormente al PRM. Los gobiernos de Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía enfrentaron, en circunstancias y magnitudes diferentes, importantes dificultades económicas y cambiarias. Por eso resulta particularmente significativo que un gobierno proveniente de esa tradición política haya podido preservar durante estos años un importante grado de estabilidad monetaria e institucional.
En ello han participado muchos funcionarios, empresarios, trabajadores y factores externos e internos. Sería incorrecto atribuírselo a una sola persona. Pero sería igualmente mezquino desconocer la contribución de Héctor Valdez Albizu.
Precisamente porque considero exitosa su trayectoria, pienso que debemos comenzar a hablar con madurez de algo inevitable: algún día Héctor dejará de ser gobernador del Banco Central. Y ese día no debería encontrarnos improvisando.
Siempre les digo a mis amigos, medio en serio y medio en broma, que el día que Héctor Valdez Albizu deje inesperadamente la Gobernación del Banco Central comenzaré a preocuparme un poco más por la economía dominicana.
No porque el país carezca de excelentes economistas. Los tiene. Tampoco porque una institución deba depender eternamente de una persona. Todo lo contrario: las buenas instituciones deben sobrevivir a quienes las dirigen.
Mi preocupación es precisamente institucional. Después de tantos años, la figura de Héctor ha acumulado una enorme cantidad de conocimiento, relaciones, memoria histórica y credibilidad nacional e internacional. Transferir ese capital institucional requiere planificación.
Por eso he pensado desde hace tiempo que su eventual sucesión debería ser paulatina, ordenada y previsible. El Banco Central cuenta con una vicegobernadora de gran experiencia, Clarissa de la Rocha, que ha acompañado durante muchos años la conducción de la institución. Una transición futura, cuando corresponda y cuando así lo determinen el presidente de la República y las circunstancias, podría aprovechar precisamente esa continuidad institucional.
Incluso podría contemplarse que Héctor permaneciera durante algún período como asesor de alto nivel, facilitando la transferencia de experiencia, relaciones y memoria institucional. No estoy proponiendo fechas ni pretendiendo adelantar acontecimientos. Estoy defendiendo un principio sencillo: las instituciones importantes no deben improvisar sus sucesiones.
Al final, el mayor reconocimiento que puede recibir Héctor Valdez Albizu quizás no sea la cantidad de años que ha ocupado el cargo. Es algo mucho más importante.
Ingresó al Banco Central desde abajo, como técnico. Conoció sus departamentos, sus estadísticas, sus economistas y su cultura institucional. Pasó por la banca desde la Administración General del Banco de Reservas. Participó en negociaciones internacionales. Llegó a gobernador. Salió durante cuatro años. Regresó después de la mayor crisis bancaria de nuestra historia reciente y desde entonces ha sido confirmado por presidentes pertenecientes a distintas organizaciones políticas.
Eso difícilmente puede explicarse por casualidad.
En un país donde tantas veces las instituciones se confunden con los ciclos electorales, su permanencia demuestra que también somos capaces de preservar aquello que funciona.
He tenido coincidencias y diferencias con Héctor. Vivimos desde posiciones distintas uno de los capítulos más traumáticos del sistema financiero dominicano. El tiempo, sin embargo, tiene una virtud: permite separar las heridas personales del juicio histórico.
Y mi juicio hoy es claro.
Héctor Valdez Albizu ha sido uno de los grandes servidores públicos de la historia económica contemporánea de la República Dominicana. Ha contribuido a darle al Banco Central continuidad, respeto institucional y credibilidad. Y esa credibilidad —que tarda décadas en construirse y puede perderse en cuestión de días— constituye probablemente uno de sus principales legados.
Por eso escribo este testimonio.
No desde la adulación, sino desde la experiencia. No desde el olvido de nuestras diferencias, sino precisamente después de haberlas vivido. Y quizás por ello estas palabras tienen para mí mayor significado.
Honor a quien honor merece.
Cuando llegue el momento de escribir la historia económica dominicana de las últimas cinco décadas, habrá debates sobre políticas monetarias, crisis financieras, decisiones acertadas y decisiones discutibles. Eso es inevitable y saludable.
Pero habrá algo difícil de discutir: durante buena parte de ese período, en el piso más alto del Banco Central hubo un hombre que convirtió la estabilidad monetaria y la credibilidad institucional en el trabajo de su vida.
Ese hombre ha sido Héctor Valdez Albizu.
Y la República Dominicana debe reconocérselo en vida.
