Crónica de una búsqueda ancestral
OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – Después de recorrer Lisboa y su litoral cargado de historia y susurros sefardíes, mi ruta ancestral me llevó hacia el norte de Portugal. Cerraba así esta etapa con dos paradas que, a primera vista, parecieran irreconciliables: Fátima y Oporto. Una, centro espiritual de millones; la otra, ciudad portuaria y vinícola. Pero ambas comparten una verdad profunda: la permanencia. La fe y el vino, como la memoria, resisten al tiempo.
Llegar al Santuario de Fátima fue entrar en otro ritmo del alma. La plaza no impone, acoge. Los peregrinos avanzan en silencio. Al entrar en la catedral, sentí una presencia envolvente: Dania, mi esposa, siempre devota de la Virgen de Fátima, parecía estar allí. Fue como si ella me hubiese traído de la mano a este lugar que tanto veneraba. Su espíritu me rodeó con una paz nueva, serena.
Allí elevé una oración por ella, fallecida el pasado 29 de abril. Pedí a la Virgen que le reciba con amor, y que su luz me acompañe en los días por venir. Fátima me permitió despedirme de nuevo, desde el alma.
Recordé también a las mujeres de mi familia: las Báez López Penha, perseguidas en silencio por una fe que no podían nombrar. En Fátima pedí por ellas, por justicia y por gratitud al legado que dejaron.
Desde esa serenidad, el viaje me llevó a la fuerza vital de Oporto. Esta ciudad de piedra, río y bruma, ha sido refugio, comercio y memoria. En el siglo XVII, muchos sefardíes —rebautizados como cristãos-novos— prosperaron aquí en los márgenes, ligados al comercio del vino. Apellidos como Penha o Lopes Penha figuran en antiguos registros. No afirmo vínculo directo, pero toda coincidencia resuena como campana.
Visité las bodegas en Vila Nova de Gaia. Allí comprendí que el vino, como la memoria, requiere tiempo, sombra y resistencia. Así también hemos esperado nosotros: generaciones que hoy alzan la copa para agradecer.
Este viaje no fue turismo. Fue reparación. Caminé por calles que tal vez cruzó uno de los nuestros. Recé donde ellos no pudieron. Hoy escribo, no para enseñar, sino para no olvidar.
La familia López Penha —desde Sefarad hasta el Caribe— regresa simbólicamente aquí. No para esconderse, sino para honrar a los que resistieron. Como en Fátima: fe. Como en Oporto: permanencia. Como en nuestra historia: dignidad. Como en Dania: amor eterno.
