OPINIÓN ANDRÉS AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- En otros países, enero dura 31 días.
En República Dominicana, enero dura lo que Dios quiera.

Arranca uno confiado, todavía con el ponche en la sangre y el arbolito medio prendido, y de repente… ¡pam! Día de Reyes. Regalos que no estaban presupuestados, juguetes que no caben en la casa y nietos convencidos de que Melchor tiene tarjeta de crédito ilimitada.

Cuando uno cree que ya pasó lo fuerte, viene el viaje a Belén —real o simbólico— porque aquí enero no se entiende sin procesión, promesa, devoción… y un tapón que parece penitencia adelantada. Todavía no te has recuperado y ¡zas! Día de la Virgen de la Altagracia. Otro feriado, otro viaje al Este, otro regreso con la nevera llena… y el cuerpo pidiendo tregua.

Pero enero no perdona. Apenas te sientas a reorganizar la agenda aparece Duarte, serio, firme y puntual, recordándonos que hay patria, compromisos y actos oficiales… aunque el bolsillo esté en modo supervivencia.

Y mientras tanto, todo vence en enero.
El colegio, el seguro, el mantenimiento, la tarjeta, el préstamo, el impuesto, la cita médica que dejaste “para después de Navidad”. Enero es como ese cobrador educado pero persistente que te dice:
“Tranquilo, yo espero… pero pago es pago.”

La casa sigue llena. Hijos que todavía no se han ido. Nietos que llegaron “por dos días” y ya saben exactamente dónde están las galletas. El tráfico se multiplica como si todo el país hubiera decidido volver al trabajo el mismo día y a la misma hora.

Y cuando ya estás contando los días para que enero se acabe, alguien te suelta la bomba final:
—“Acuérdate que el 31 es el cumpleaños de fulano de tal…”

Porque claro, enero no se va sin una última celebración.