OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Confieso que todo comenzó en una conversación aparentemente inofensiva con un amigo del golf. Le pregunté, con la seriedad estratégica de quien planifica un torneo de golf, qué haría en Semana Santa en Casa de Campo. Esperaba escuchar: “36 hoyos diarios, desayuno ligero, siesta técnica y dominó nocturno”. Pero no. Me respondió con una paz casi sospechosa:
—“Estoy decidido a no hacer nada”.

Aquella frase, que en otro contexto hubiese sido interpretada como vagancia premium, me dejó pensando. ¿No hacer nada? ¿En serio? ¿Ni siquiera un approach por compromiso espiritual?

Y ahí fue donde descubrí que hay dos tipos de descanso:
1.El descanso dominicano tradicional: ese donde no trabajamos, pero hacemos más cosas que un ministro en campaña.
2.El descanso peligroso y subversivo: el de no hacer nada… pero de verdad.

El primero es conocido: nos levantamos más temprano que un lunes, organizamos almuerzos multitudinarios, visitas, viajes, compras de última hora, reuniones familiares, compromisos religiosos, sociales y hasta deportivos “ligeritos”. Resultado: regresamos el lunes más cansados que si hubiéramos trabajado en construcción.

El segundo… ese es otro juego.

“No hacer nada” no es quedarse tirado viendo televisión con un control en la mano y una neverita al lado. Eso es hacer algo: consumir, distraerse, evadir. El verdadero no hacer nada es incómodo. Es silencio. Es mirarse hacia adentro sin WiFi emocional.

Es sentarse… y pensar.

Y ahí es donde empieza el problema.

Porque cuando uno se queda quieto, sin agenda, sin ruido, sin excusas… aparecen preguntas que no caben en el calendario:
—¿Estoy siendo buen padre, buen hijo, buen abuelo?
—¿Estoy aportando algo a mi país o solo opinando desde el hoyo 19?
—¿Estoy viviendo o simplemente ocupando espacio con estilo?

Semana Santa, con la pasión, muerte y resurrección de Cristo, no es un simple feriado largo con permiso divino para la parrillada. Es una invitación incómoda: detenerse, mirar hacia adentro y ajustar cuentas… no con la DGII, sino con la conciencia.

Pero claro, eso da más trabajo que organizar un torneo de scramble.

Por eso preferimos el otro modelo: llenar el tiempo. Porque el ruido externo evita el diálogo interno. Y pensar… pensar cansa. Pero curiosamente, es el único cansancio que renueva.

Mi amigo del golf, sin saberlo, me dio una lección estratégica: a veces la mejor jugada es no jugar. No porque no sepamos jugar… sino porque necesitamos entender para qué estamos en el campo.

Así que este inicio de Semana Santa propongo algo radical, casi revolucionario:
no hagamos nada.

Pero nada de verdad.

Nada de agendas apretadas.
Nada de compromisos innecesarios.
Nada de correr para descansar.

Hagamos espacio.

Para pensar.
Para escuchar esa voz interna que siempre posponemos.
Para revisar el alma, que no tiene app ni notificaciones.

Y si en medio de ese “no hacer nada” descubrimos cómo ser mejores personas, mejores ciudadanos, mejores familiares… entonces habremos hecho más que en cualquier feriado lleno de actividades.

Porque al final, el verdadero descanso no es el del cuerpo… es el de la conciencia.

Y ese, curiosamente, solo se logra cuando uno se atreve a no hacer nada.