OPINIÓN, EURIC SANTI.-Cuando nos encontramos casi a mitad de año —sí, léelo de nuevo y respira profundo—, se hace válido evaluar el costo de las tareas ligeras y de las dinámicas que realizamos de manera constante y, en muchos casos, desapercibidas.
Imaginemos a Juan, un dominicano trabajador que sale de su casa en el Gran Santo Domingo rumbo al trabajo todos los días en horas pico. Como es hora pico, cada trayecto le toma 1.5 horas. Ida y vuelta, es decir, tres horas diarias atrapado en el tapón. Si calculamos todo, en 262 días laborables al año, eso suma 780 horas totales. Lo interesante es que esas horas, divididas entre 24, comprueban que Juan pierde 32.5 días completos de su vida… sin dormir. No son vacaciones. Son días robados.
Ahora pongamos la perspectiva en dinero. Si Juan gana alrededor de RD$60,000 mensuales, significa que factura unos RD$300 por hora; es decir, que esas 780 horas equivalen a RD$234,000 netos al año que nunca verá en su bolsillo. De hecho… son una pérdida.
El combustible extra, según un estudio de INTEC del año 2015, ya costaba RD$6,000 más al mes. Para esas fechas, el tapón se traducía en aproximadamente 37 galones al mes, basado en un precio de ~RD$162 por galón. Ahora bien, actualizando al precio actual de la gasolina (RD$314.10 por galón), Juan pierde otros RD$11,621.7 pesos mensuales, es decir, RD$139,460.4 pesos al año.
Sumemos depreciación del vehículo, mantenimiento, llantas, frenos… es mucho más. Ahora bien, Juan está trabajando para perder, pues gana un salario bruto de RD$720,000 al año. Entre los 32.5 días (RD$234,000) y los 37 galones esfumados (~RD$137,460.4), Juan pierde al año RD$371,460.4 de su ingreso bruto y potencial. Hablamos del 51.59% de lo que gana por hora.
¿A quién beneficia esta realidad?
Están los vendedores de carros, los mecánicos, los agraciados dispensadores y distribuidores de combustible, que aumentan sus márgenes por mayor consumo… Y, por supuesto, el gobierno. Ese “ente” que se lleva cerca del 50% en impuestos del precio de cada galón de combustible.
Mientras Juan se desespera en la 27 de Febrero o la Autopista Duarte, el Ministerio de Hacienda celebra: más tapón = más consumo = más recaudación. Y, en el cuarto de al lado, celebran los dispensadores de combustible, que siempre tendrán un mercado sobrevaluado.
Ellos ríen, mientras el dominicano sufre con el tapón
casa irritado, cansado y con menos paciencia para su familia. La productividad cae en picada porque vive exhausto. En realidad, las empresas pagan salarios por horas que se pierden en el tráfico, gastan más en oficinas grandes que podrían ser más pequeñas y pierden talento que prefiere irse a otro lado.
La pregunta incómoda es: ¿por qué seguimos obligando a la gente a trasladarse físicamente todos los días cuando la tecnología permite otra cosa? La solución no es mágica, pero es inmediata y posible: trabajo híbrido real. No se trata de “reducir la jornada”, sino de que el Congreso, el Ministerio de Trabajo y los sectores empresariales construyan marcos legales claros para el trabajo remoto y el modelo híbrido.
En la práctica, las empresas reducirían costos de espacio y servicios, ganarían empleados más productivos y podrían optimizar procesos. Juan ganaría tiempo con su familia, menos estrés y más calidad de vida. Todos ganamos.
Seis realidades que nos detienen
- El marco regulatorio es obsoleto. El Congreso (Senado y Diputados) aprueba préstamos en tiempo récord, pero tarda en actualizar legislaciones importantes.
- La idiosincrasia del “na’ e’ na’”: hemos normalizado que nos maltraten por “sentir que hacemos algo”.
- Falta de ética. Muchas empresas temen que el empleado “no resuelva” desde casa.
- La falta de procesos claros en las propias empresas. Acostumbrados a “lo que diga el jefe”, no a lo que dicen el manual, los procesos y las normas.
- Falta de transporte público de calidad: menos carritos y más autobuses dedicados, predecibles y seguros.
- La cultura de incumplimiento. La falta de responsabilidad generalizada podría provocar pérdidas millonarias con el trabajo remoto si no se cumple el rol asignado.
Esto no es un capricho de “ñoños” que quieren trabajar en pijama. Es una necesidad económica para el 30% de la población que vive en el Gran Santo Domingo y para las provincias que aumentan su densidad poblacional cada día.
Esta discusión debería ser parte de la agenda nacional de cualquier gobierno, con un plan a 20 años, sin importar el color del partido.
Porque, mientras un ciudadano continúe perdiendo 32 días al año en el tapón, la sociedad continuará hastiada, con “la mecha corta” y violenta. Cada dominicano está perdiendo vida todos los días con esta dinámica, y las políticas públicas deben enfocarse en solucionar este tema lo más urgente posible.
Artículo inspirado en hilo publicado el 8 de febrero del 2024
