OPINIÓN, EURIC SANTI.- Tras cuatro años residiendo en el Distrito Nacional, por primera vez en este tiempo fuera de mi natal Puerto Plata, regresé para una Semana Santa. San Felipe es la ciudad dónde viví por más de 30 años y cuya ausencia, hoy más que nunca, me ha hecho valorar más el mar, la brisa fresca del malecón y su característica tranquilidad.

Para fines explicativos de este artículo, resulta pertinente señalar que Puerto Plata ostenta múltiples primacías dentro de la República Dominicana: fue la primera en albergar un asentamiento español en la Isabela Histórica; la primera capital del norte durante la presidencia de Gregorio Luperón; la cuna de una figura tan dual como Ulises Heureaux, Lilís, restaurador y dictador a la vez; y, además, el primer destino turístico masivo del país durante la década de 1970.

Este recorrido histórico adquiere mayor relevancia para mí al considerar que la caída del turismo coincidió con los años de mi nacimiento —finales de los 80’s—, seguido de una leve recuperación a inicios de los 2000 y una etapa de crecimiento sostenido, balanceado y eficiente entre 2014 y 2022. Sin embargo, en la actualidad, presenciamos un nuevo y aparente ‘boom’, impulsado por diversos factores; un fenómeno que, si bien resulta positivo en múltiples aspectos, nos invita inevitablemente a reflexionar: ¿a qué costo viene el ‘boom’ del turismo para los puertoplateños?

El mar es un privilegio de los isleños

Resulta relativamente sencillo para nosotros, los dominicanos, dar por sentada la amplia cantidad de bondades que posee nuestro país; por ello, y a modo de ilustración, tomo como referente a mi provincia. Ya que se ha consolidado como una práctica común asumir como permanentes e inagotables las riquezas naturales de nuestro país. Por ejemplo, nunca valoré tanto la playa hasta que me mudé al Distrito Nacional, desde donde visitarla implica enfrentar un tapón, cruzar un peaje y pagarle a un individuo por ocupar un espacio comercial justo frente al mar.

En Puerto Plata, en cambio, formaba parte de mi cotidianidad ir al malecón cualquier tarde, bañarme en la playa sin inconvenientes y regresar a casa, o simplemente darme un chapuzón al concluir mis rutinas de ejercicio en las mañanas.

La paradoja es evidente: por lo que otros están dispuestos a pagar altas sumas para experimentarlo, nosotros lo tenemos de manera gratuita tanto en Puerto Plata como en el resto del país; y, precisamente por esta razón… lo damos por sentado. Más aún, consentimos que dichos espacios sean progresivamente utilizados con fines comerciales, sin dimensionar el verdadero valor que implica vivir con acceso directo a una costa.

Lo verdaderamente revelador radica en que otros están dispuestos a pagar millones de dólares por ese acceso permanente, mientras nosotros, seducidos por comisiones en dólares, tendemos a minimizar una riqueza de carácter más trascendental y esencialmente inalterable frente a la inflación, bajo la premisa errónea de que nuestras costas son, en efecto, infinitas. Lamentablemente, regalamos las riquezas naturales por una promesa de desarrollo y empleo que pocas veces logra materializarse más allá de los círculos de poder.

No solo perdemos con el turismo

Y no es solo con las costas; también podemos tomar como ejemplo las montañas, los minerales, los ríos y la comida orgánica que se cultiva en Jarabacoa y Constanza. Está también el pollo y la gallina vieja que nos hacía la abuela, en lugar del «pollo gringo» lleno de químicos, y esa habichuela con dulce con leche de vaca recién ordeñada, que ningún producto con conservantes puede igualar en sabor ni en beneficios para el cuerpo. Son riquezas de nuestro paraíso que también damos por sentado.

Asimismo, el oro presente en nuestras minas —con su respectivo impacto ambiental— o el agua potable de la cordillera septentrional, que hoy se explora con miras a desarrollar nuevos proyectos mineros con beneficios casi nulos para los dominicanos, son temas que también reflejan cómo damos por sentado nuestro paraíso.

Así como yo di por sentado el paraíso de Puerto Plata, miles de dominicanos damos por sentado el país en su conjunto. Un paraíso que se vende a extranjeros por miles de dólares solo para disfrutarlo unos días —y ese pago acumlado es precisamente el valor de nuestras costas—.

Aunque muchas veces no lo percibimos así, los turistas no pagan por la infraestructura de los hoteles; pagan por su ubicación frente al mar, así como por playas que creemos eternas porque “siempre han estado ahí”. Pagan por el clima tropical, por los cocos, por la comida orgánica, por la arena, por el viento y por el sol… pagan por lo que no debería quitársenos tan a la ligera: nuestro territorio.

Y es válido destacar que aunque las playas no desaparecerán geográficamente, cada día tenemos menos acceso a ellas debido al modelo turístico que no vemos como un problema. Valoramos más el dólar que traen los visitantes que el paraíso que tenemos, y este último es un bien que no pierde valor con el tiempo y que deberíamos proteger con mayor determinación.

La verdad es que… ya no quedan costas para los dominicanos

Para solucionar un problema, lo primero que debemos hacer es identificarlo. Por ello, identifiquemos el problema del turismo en la República Dominicana mediante una revisión de cuántas costas están comprometidas y cuántas aún quedan disponibles para usos que no sean proyectos turísticos ni espacios comerciales de beneficio particular y privado.

Veamos un mapa con los puntos más importantes actualmente identificados con un PIN rojo:

¿Notas que, en esencia, casi todas las playas y costas de la República Dominicana ya cuentan con algún proyecto turístico orientado al «desarrollo» de las provincias? A medida que estos proyectos se consoliden, los dominicanos tendrán que pagar a complejos hoteleros para acceder o consumir en restaurantes si desean disfrutar de su propio paraíso; o, en el peor de los casos, verse obligados a compartir las playas con fiestas interminables de turistas a quienes este país les importa únicamente como un escape para liberar el estrés y las dificultades de sus lugares de origen, o incluso como un espacio para hacer comercio sin reglas, desplazando al dominicano de pura cepa. No, no estoy hablando de Cabarete y las Terrenas, obvio que no.

Las preguntas obligadas son: ¿Es eso lo que realmente queremos? ¿Convertir todo el país en un gran resort? ¿Ceder nuestro territorio como dóciles genuflexos? Yo no quiero eso, y considero que debemos mirar más allá del presente e identificar con claridad la magnitud del problema que implican estas mal llamadas «inversiones» que arrebatan nuestro paraíso.

Veamos en detalle algunos de los llamados «nuevos polos de desarrollo», es decir, provincias completas que serán transformadas en espacios turísticos orientados principalmente a extranjeros:

  • Pedernales y Cabo Rojo: Se trata de un proyecto integral de desarrollo turístico que abarca hoteles, infraestructura y servicios. Contempla la construcción de al menos tres hoteles, con una inversión privada aproximada de 335 millones de dólares. Fue anunciado en Fitur 2022, y se prevé que los primeros hoteles entren en operación en 2026. Además, se proyecta la generación de miles de empleos directos e indirectos.
  • Miches (El Seibo): Concebido como un nuevo destino de lujo conectado a Punta Cana, concentra inversiones hoteleras de gran escala, incluyendo marcas como Hipster, Viva Hotel del Sol, Hyatt, Four Seasons y Secrets Playa Esmeralda. El muelle turístico ya ha sido entregado, junto con obras de infraestructura como acueductos, carreteras y una plaza multiusos. Se encuentra en operación y en una fase de expansión acelerada entre 2021 y 2025.
  • Punta Bergantín: Proyecto de carácter mixto que integra componentes hoteleros, residenciales, inmobiliarios y de innovación, incluyendo golf, town center, estudios de cine y un campus académico. Contempla el Hotel Meliá Bergantín Beach, cuyo primer picazo se realizó en octubre de 2025. Representa un relanzamiento integral de la zona norte y actualmente se encuentra en construcción y promoción activa.

Estas tres iniciativas, ubicadas en puntos cardinales opuestos del país, serán gestionadas por un mismo grupo empresarial. En consecuencia, a un mismo grupo de personas se le ha permitido tomar y explotar cientos de miles de metros cuadrados que anteriormente pertenecían al Estado, transformándolos en un nicho privado que controlará uno de los recursos naturales más importantes de la isla: sus costas.

¡Espera! hay más…

También se contempla la creación de terminales y aeropuertos con el objetivo de ampliar la apertura al turismo. Entre ellos, la terminal de cruceros en Barahona, a pocos kilómetros de Pedernales; infraestructuras que, según la experiencia observada en Puerto Plata y otros países, no suelen traducirse en beneficios proporcionales para las poblaciones locales, sino más bien para quienes operan los cruceros. A esto se suma una terminal en Arroyo Barril, Samaná, así como varios muelles «turísticos» en Miches y La Caleta.

Si ampliamos la mirada, encontramos además la propuesta de un nuevo aeropuerto en Río San Juan; aunque se plantea como una iniciativa privada, los aeropuertos comerciales suelen implicar anuencia estatal y costos que terminan siendo asumidos por todos los dominicanos. En otros casos, como el aeropuerto de Pedernales, se recurre a fondos de las AFP sin consulta directa a sus propietarios. A esto se agregan un nuevo aeropuerto en Monte Cristi, la prolongada inversión en la Zona Colonial —que ya suma cinco años sin concluir— y la proyección de un centro de convenciones.

Como «cherry on top», no podemos olvidar la plataforma para lanzar cohetes desde Oviedo, Pedernales; la entrega de las cuevas de Pomier a un grupo particular; así como la concesión del espacio para acampar en Valle Nuevo a una empresa privada, cerrando el acceso al público.

Se configura así una extensa lista de lo que se presenta como inversiones, pero que, en términos más precisos, operan como adquisiciones progresivas de los recursos naturales de la República Dominicana. Todo ello bajo un discurso de generación de empleos que, en la práctica, tiende a precarizar al ciudadano y no necesariamente se traduce en mejoras reales en la calidad de vida.

«Si vemos realmente la dimensión y volumen de todo lo que se ha tomado en esta última década, no nos queda nada a los dominicanos más que la idea de desarrollo» —

El costo no compensa el beneficio

Si observamos los números reales, la República Dominicana ha invertido decenas de miles de millones de dólares en desarrollar la industria del turismo desde 1998 hasta 2026 —en términos de presupuesto bruto—. Este monto no incluye las exenciones fiscales otorgadas a los proyectos turísticos ni los bajos salarios que reciben los empleados, aunque todo esto suele presentarse como un logro. Básicamente estamos pagando, con impuestos y excepciones fiscales, para que nos quiten nuestro paraíso.

En resumen, los dominicanos estamos permitiendo que las costas finitas y paradisíacas del país sean explotadas por terceros para que extranjeros las disfruten, a cambio de dólares que creemos llegarán a nuestros bolsillos o compensarán la paz, la armonía y la tranquilidad de vivir frente al mar, producir nuestros propios alimentos y trabajar con una compensación acorde a nuestras labores.

Se trata de un negocio torpe. Damos cosas duraderas a cambio de promesas efímeras y pagos que pierden valor cada año con la acumulación de la inflación. Espejitos por oro en pleno siglo XXI; Guacanagarix estaría muy orgulloso de quienes hoy continúan vendiendo nuestro país a cambio de nada.

La estocada final, adquisición inmobiliaria que se muestra como «inversión»

Hace unas semanas conversaba con una amiga especialista en derecho inmobiliario, quien me comentaba cómo numerosos extranjeros venían a «invertir» al país; como buen conocedor de la materia —respecto a inversiones y rendimientos—, le señalé, en buena lid, que no se trata de inversión, sino de adquisición. Ella, inteligente y sumamente analítica, se detiene a reflexionar y me pregunta: «¿Por qué le dices adquisición y no inversión?», a lo que respondo: «Es que, para que exista una inversión, debe haber un rendimiento, y un inmueble en sí mismo no produce nada. Además, cada vez que alguien adquiere un activo inmobiliario, adquiere un pedazo del país, no necesariamente invierte en él. Para que exista inversión, tendrían que crear un mecanismo de producción y, al comprar una villa en Jarabacoa o un apartamento en Piantini, no están produciendo nada, sino simplemente adquiriendo un espacio dentro de nuestro territorio».

¿Interesante, verdad? Una cosa es el término mercadológico, diseñado para que las personas perciban el activo inmobiliario como una inversión, y otra muy distinta es la realidad pragmática de lo que está ocurriendo en la República Dominicana. ¿Por qué resulta esto relevante? Porque los dominicanos estamos incurriendo en una confusión conceptual entre adquisición e inversión, motivados, en muchos casos, por los dólares de comisión; el auge que observamos de extranjeros —no solo adquiriendo inmuebles sin control en el país, sino también comercializándolos a sus nacionales en el exterior— debería, cuando menos, generar preocupación. Ese pequeño error conceptual nos cuesta como país en cada operación de venta de un inmueble a un extranjero, pues se trata de un fragmento menos de nuestra soberanía y… eventualmente alcanzaremos un volumen tal de presencia extranjera en todo el territorio que no habrá vuelta atrás.

Nuestro paraíso cuenta con un territorio de 48,310.97 km², del cual, según datos de 2015, apenas 2.504 km² corresponden a «territorio urbano»; sin embargo, desde ese año hasta el 2026 han transcurrido once años y, en la actualidad, no existen registros relevantes sobre la expansión territorial, el uso del suelo con fines turísticos ni otros indicadores igualmente significativos para tomar decisiones. Es decir, desconocemos con precisión cuánto territorio le queda realmente a la República Dominicana de cara a los próximos 50 años. Desconocemos cuánto estamos dispuestos a ceder por dólares. Tampoco conversamos cuánto preferimos importar alimentos en lugar de producirlos orgánicamente para mitigar riesgos en la salud futura. Esas son las preguntas necesarias para conservar nuestro paraíso.

Tenemos un paraíso que damos por sentado… y solo se recupera desde la política

Aunque no lo percibamos con claridad, los dominicanos estamos perdiendo la República Dominicana de manera gradual, y, en muchos casos, con el aplauso de una gran parte de la sociedad. Nos encontramos inmersos en un proceso de conquista silenciosa, sin disparos ni confrontaciones abiertas. Perdemos no solo por lo señalado previamente en este artículo, sino también por la presencia creciente de inmigrantes haitianos ilegales, quienes ingresan diariamente para integrarse a espacios laborales que no evolucionan en el tiempo, sostenidos por una mano de obra barata y explotable que, a diferencia del trabajador dominicano, carece de capacidad de exigencia. Y, lamentablemente, es a través de acciones políticas que se presenta la vía real para frenar esta forma de autodestrucción nacional.

Si fuésemos plenamente conscientes, admitiríamos que la política es rechazada por muchos —o, más propiamente, la politiquería que es la práctica política asociada a las malas prácticas—; sin embargo, la política constituye el único mecanismo capaz de generar las condiciones necesarias para que los asuntos públicos se discutan, se consensúen y se regulen; evitando que los intereses de unos pocos distorsionen el bienestar de la mayoría.

La realidad es que ese paraíso que asumimos como permanente se diluye progresivamente entre el desorden, los ingresos efímeros en divisas, las deficiencias en la gestión gubernamental y la acción reiterada de quienes depredan el erario de manera histórica y sostenida. En consecuencia, la reflexión final que debería prevalecer al concluir este artículo es: ¿qué haremos los Millennials, los Boomers, la Generación Z y los dominicanos en general para preservar nuestro paraíso? ¿Optaremos por valorarlo o continuaremos dándolo por sentado hasta su eventual pérdida? ¿Cuándo empezamos los ciudadanos a entender la necesidad de estar en la política? ¿Cuándo defenderemos nuestro país de toda potencia extranjera, como expresó nuestro fundador Juan Pablo Duarte? ¿Cuándo buscaremos el futuro en nuestro paraíso y no… fuera de él?