OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- A propósito del artículo “El país que queremos, el turismo que nos conviene” publicado en Acento por Giovanni D’Alessandro, es oportuno reafirmar que la República Dominicana necesita detener el rumbo desordenado que está tomando su desarrollo urbano, territorial y turístico, antes de que la arrabalización nos arrope sin remedio. D’Alessandro plantea una verdad incómoda pero urgente: el éxito del turismo dominicano no puede medirse solo por la cantidad de visitantes, sino por la calidad del país que estamos construyendo y la capacidad de preservar aquello que nos hace únicos. Hoy crecemos en números, pero retrocedemos en orden, en civismo, en planificación y en respeto al medio ambiente. Esa contradicción se está haciendo cada día más evidente.
Nuestro territorio es limitado, frágil y valioso. Sin embargo, la improvisación, las malas decisiones urbanísticas, el abandono de las normativas ambientales, el caos vial y el irrespeto al espacio público están destruyendo silenciosamente la base misma sobre la cual descansa nuestra industria turística. Manglares rellenados, playas erosionadas, construcciones donde no deben existir, basureros que crecen en zonas de alto valor, carreteras saturadas, ciudades sin planificación y un descontrol visual que afea, ahoga y deprime. Este deterioro no es un accidente: es el resultado directo de no escuchar advertencias como la que hace D’Alessandro, y de permitir que el país avance sin brújula, sin visión de largo plazo y sin conciencia de que el turismo solo prospera cuando prospera el territorio que lo sostiene.
Por ello, es necesario asumir acciones claras. La primera es cumplir y hacer cumplir las leyes ambientales y urbanísticas, sin excepciones ni privilegios para proyectos que destruyen lo que luego intentan vender como «paraíso». La segunda es diversificar el turismo hacia el interior del país, llevando desarrollo real a comunidades históricas, rurales y culturales que pueden aportar riqueza y autenticidad si se integran adecuadamente. La tercera es articular el turismo dentro de un verdadero proyecto de nación, donde transporte, energía, vivienda, saneamiento, educación y espacio público funcionen como un sistema coherente y no como piezas sueltas de gobiernos que improvisan. Y, finalmente, elevar el nivel del capital humano a través de educación cívica, profesional, ambiental y técnica, para que nuestro mayor activo —la gente— se convierta realmente en la ventaja competitiva del país.
Giovanni D’Alessandro tiene razón al advertir que el turismo no debe ser una cifra vacía, sino un instrumento para construir un país mejor. No podemos seguir aplaudiendo récords de visitantes mientras nuestras ciudades se deterioran, nuestras playas se contaminan, nuestros ríos desaparecen y nuestras comunidades quedan excluidas del progreso. El turismo que nos conviene es el que protege, dignifica, ordena y proyecta; el que crea oportunidades sin destruir; el que respeta el paisaje, la historia y la identidad dominicana. El país que queremos no se construye solo con visitantes, sino con una visión clara, firmeza en la ejecución y respeto por el territorio. El momento de corregir el rumbo es ahora, antes de que la arrabalización sea irreversible y antes de que el deterioro silencie aquello que nos ha hecho destino mundial.
