OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.- Cada vez que se anuncia un nuevo récord de remesas en la República Dominicana, aparecen los números, las gráficas y las declaraciones optimistas. Miles de millones de dólares que entran al país y ayudan a sostener nuestra economía.
Pero detrás de cada dólar hay una historia que las estadísticas no cuentan.
Hay una madre que dejó sus hijos para trabajar en Nueva York. Un joven que cambió Santo Domingo por Madrid porque aquí no encontraba cómo comenzar. Un profesional que estudió durante años y terminó descubriendo que su preparación era mejor remunerada fuera de su tierra. Un trabajador que hace dos turnos en Estados Unidos para que su familia pueda vivir un poco mejor en República Dominicana.
Por eso debemos tener cuidado con lo que celebramos.
Las remesas son motivo de gratitud, pero no necesariamente de orgullo gubernamental. Son principalmente el resultado del trabajo y del sacrificio de los dominicanos que viven fuera.
Y hay una pregunta que deberíamos hacernos cada vez que esas cifras alcanzan un nuevo récord:
¿Cuántos de esos dominicanos se habrían quedado si hubieran encontrado aquí las mismas oportunidades?
No podemos afirmar que todos fueron expulsados por la falta de oportunidades. Muchos emigraron por reunificación familiar, estudios, matrimonios, aventuras empresariales o simplemente porque quisieron conocer otros horizontes.
Pero tampoco podemos engañarnos.
Durante décadas hemos exportado una parte extraordinaria de nuestro capital humano. Hombres y mujeres que quizás aquí no encontraron espacio suficiente y que, al llegar a otras sociedades, demostraron de lo que eran capaces.
Entonces ocurre algo paradójico.
Primero no pudimos ofrecerles suficientes oportunidades. Después los vemos triunfar fuera y los presentamos orgullosamente como ejemplos del talento dominicano. Y finalmente esperamos cada mes los dólares que envían para ayudar a sostener a quienes permanecieron aquí.
Eso debería hacernos pensar.
Porque una nación no puede medir únicamente su éxito por cuánto dinero recibe de los ciudadanos que se marcharon. También debe medirlo por cuántos ciudadanos encuentran razones económicas y profesionales para quedarse.
Nuestra diáspora no es una simple fuente de divisas.
Son médicos, enfermeras, profesores, empresarios, taxistas, ingenieros, comerciantes, trabajadores de la construcción, empleados de restaurantes y miles de hombres y mujeres que aprendieron a sobrevivir lejos de su familia y de su cultura.
Muchos comenzaron desde abajo.
Trabajaron jornadas interminables, soportaron inviernos que no conocían, aprendieron otro idioma, aceptaron empleos inferiores a su preparación y enfrentaron la nostalgia de vivir lejos de los suyos.
Y aun así mandaron dinero.
Para la medicina de mamá.
Para el colegio de los hijos.
Para arreglar la casa.
Para ayudar al hermano desempleado.
Para enterrar dignamente a un familiar.
Para que en diciembre hubiera cena de Navidad.
Ese dinero tiene algo que ninguna estadística del Banco Central puede medir: sacrificio humano.
Por eso, cuando celebremos las remesas, primero demos las gracias.
Gracias al dominicano que está en Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Florida, Puerto Rico, España, Italia o cualquier otro rincón del mundo y que todavía recuerda que aquí dejó una familia, una calle, un barrio y una bandera.
Pero después de agradecer, hagamos algo más importante: preguntémonos qué debemos cambiar para que emigrar sea una elección y nunca una necesidad.
El gran sueño dominicano no puede consistir en preparar jóvenes para que desarrollen sus talentos en otros países.
Debe ser construir un país donde quedarse también sea una buena decisión.
Un país verdaderamente exitoso no es solamente aquel cuya diáspora envía cada año más dólares.
Es aquel capaz de conseguir que sus hijos puedan mirar hacia afuera y decir:
“Puedo irme si quiero, pero ya no tengo que irme para progresar.”
Ese será el verdadero récord que algún día deberíamos celebrar.
