OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Acabo de leer en el Listín Diario un artículo sobre cómo los medicamentos de alto costo impactan no solo a los pacientes de cáncer, sino también a las cuentas del Estado. Pero más allá de las cifras, la pregunta que debemos hacernos como sociedad es aún más dura: ¿Qué ocurre con las familias que no tienen seguro médico, o con aquellas que, aun teniéndolo, carecen de cobertura para estos tratamientos?
La respuesta es devastadora: en muchos casos, el cáncer se convierte en una sentencia de muerte anticipada.
Hablo desde la vivencia más cercana y dolorosa: acompañé a mi esposa en su batalla contra esta enfermedad durante cinco largos años. En ese camino, agradecí profundamente el respaldo de mi aseguradora, ARS Humano, que con firmeza y decisión asumió coberturas que parecían imposibles. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer que los costos de los medicamentos oncológicos son extremadamente altos, casi inmanejables, y que solo un seguro “premium” puede dar acceso a los tratamientos adecuados.
Pero entonces surge la pregunta que no me deja dormir: ¿cuántos dominicanos y dominicanas, en este mismo instante, están recibiendo un tratamiento paliativo en lugar del medicamento correcto, simplemente porque no tienen los recursos, el seguro apropiado o el contacto político para acceder al programa de alto costo del gobierno? Esa realidad me duele y me indigna.
La oncología en nuestro país necesita un espejo honesto. La situación no es solo financiera, es ética y moral. Cada paciente que recibe un tratamiento inadecuado por razones económicas está siendo víctima de una injusticia que raya en el crimen. El sufrimiento silencioso de miles de familias no puede seguir siendo ignorado ni maquillado con estadísticas.
Mi promesa, después de haber vivido esta batalla con mi esposa hasta su final, es promover un inventario nacional que nos muestre con crudeza la realidad: cuántos pacientes están recibiendo el tratamiento correcto y cuántos, lamentablemente, no. Solo así podremos dimensionar la magnitud del problema y exigir soluciones.
El cáncer es una enfermedad terrible que no distingue condición social ni económica. Pero su tratamiento sí lo hace. Y esa brecha, en pleno siglo XXI, es inaceptable. Como sociedad, debemos asumir que el acceso a medicamentos oncológicos de alto costo no es un privilegio: es un derecho a la vida.
