OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ para 7 Segundos Multimedia.- El pasado acto de inauguración de la Ciudad Sanitaria Dr. Luis Eduardo Aybar constituye, sin duda, un reconocimiento justo y merecido a la vida y legado de nuestro abuelo, quien dedicó su existencia entera al servicio de la salud del pueblo dominicano. Para la familia Aybar, llevar su nombre en la obra hospitalaria más importante del país es motivo de orgullo, gratitud y compromiso con su memoria.
Sin embargo, no podemos dejar de expresar con serenidad y respeto una profunda sorpresa: en tan noble acontecimiento, ninguno de sus descendientes fue invitado a estar presente. Esa ausencia no fue solo nuestra, sino también del espíritu familiar que acompañó durante décadas la labor desinteresada del Dr. Aybar. El protocolo oficial, que suele abrir espacio para los familiares de la figura homenajeada, en este caso dejó un vacío que sentimos con pesar.
A ello se suma otra realidad que nos acompaña desde hace décadas. Una de las propiedades de nuestro abuelo fue declarada de utilidad pública en 1975. Tras un proceso judicial que concluyó con sentencia definitiva a favor de sus sucesores, aún el Estado dominicano no ha honrado el pago correspondiente. Es doloroso constatar que, mientras se enaltece públicamente el nombre y la obra del Dr. Aybar, las obligaciones legales con sus herederos siguen pendientes, generando una incongruencia difícil de comprender.
Queremos ser claros: no nos mueve el reclamo económico en sí, sino la necesidad de justicia y coherencia. Honrar la memoria de un hombre como el Dr. Luis Eduardo Aybar exige no solo darle su nombre a una ciudad sanitaria, sino también cumplir con lo que la ley ha establecido respecto a su patrimonio y a los derechos de sus sucesores.
Agradecemos sinceramente al Estado dominicano por reconocer a nuestro abuelo en la forma más visible y significativa posible: vinculándolo para siempre a la salud de la nación. Pero pedimos, con la misma firmeza y respeto, que se rectifique la omisión protocolar de la familia en actos de esta naturaleza, y que se complete el acto de justicia que lleva cincuenta años en espera.
Solo así podremos, como descendientes, rendirle el homenaje completo que se merece: con el corazón agradecido, con la frente en alto, y con la certeza de que el país honra a quien dio lo mejor de sí por el bienestar de los demás.
Sucesión del Dr. Luis Eduardo Aybar Jiménez
