OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Mientras observamos el panorama político internacional, resulta inevitable preguntarnos si la República Dominicana está leyendo correctamente las señales de los tiempos.
En El Salvador, Nayib Bukele ha impulsado transformaciones profundas para enfrentar problemas históricos de su país. En Argentina, Javier Milei llegó al poder prometiendo combatir el déficit fiscal, reducir el tamaño del Estado y corregir distorsiones económicas acumuladas durante décadas. En Colombia surgen figuras políticas que plantean cambios estructurales, mientras que en Estados Unidos Donald Trump continúa promoviendo propuestas que desafían las fórmulas tradicionales de gobierno.
Sin embargo, cuando observamos el escenario dominicano con miras al 2028, el panorama luce diferente y preocupante.
Nuestros partidos políticos parecen más concentrados en limitar el crecimiento de candidaturas independientes, controlar la difusión de sondeos electorales y preservar espacios de poder que en discutir los grandes desafíos nacionales.
¿Quién está hablando seriamente de la deuda pública?
¿Quién plantea cómo reducir el déficit cuasi fiscal que amenaza las finanzas nacionales?
¿Quién tiene una propuesta realista para enfrentar las pérdidas del sector eléctrico?
¿Quién está dispuesto a reducir una nómina estatal que continúa creciendo?
¿Quién propone desmontar subsidios ineficientes que consumen miles de millones de pesos cada año?
¿Quién presenta un plan creíble para combatir la corrupción y elevar la calidad del gasto público?
Hasta ahora, escuchamos pocas respuestas y muchas promesas.
La realidad es que la República Dominicana continúa financiando déficits mediante emisiones de bonos soberanos y utilizando endeudamiento para cubrir gastos corrientes. Ninguna familia puede sostener indefinidamente ese modelo financiero, y tampoco puede hacerlo un país.
Nuestra economía sigue creciendo y mostrando indicadores positivos, pero debajo de esa realidad existen problemas estructurales que no desaparecen por ignorarlos. La deuda aumenta. Los subsidios permanecen. Las pérdidas eléctricas continúan drenando recursos. La burocracia se expande. Y la corrupción sigue debilitando la confianza ciudadana.
Mientras tanto, gran parte de la clase política parece actuar como si el tiempo fuera infinito.
No lo es.
La historia demuestra que las naciones que posponen las decisiones difíciles terminan enfrentándolas en condiciones mucho más dolorosas.
La República Dominicana necesita dirigentes que hablen con franqueza, que expliquen la realidad sin maquillaje y que estén dispuestos a impulsar reformas profundas, aunque sean políticamente incómodas. El país requiere liderazgo, visión de largo plazo y la valentía necesaria para enfrentar problemas que se han acumulado durante décadas.
Los tiempos actuales exigen transparencia, disciplina fiscal, eficiencia institucional y un compromiso auténtico con el futuro nacional. No podemos seguir barriendo nuestros problemas debajo de la alfombra mientras la factura continúa creciendo.
Las señales de advertencia están presentes. La pregunta es si tendremos la madurez colectiva para reconocerlas antes de que sea demasiado tarde.
Como dice el viejo refrán: guerra avisada no mata soldado.
La República Dominicana todavía tiene la oportunidad de corregir el rumbo. Pero cada año que pasa sin abordar estos desafíos reduce el margen de maniobra y aumenta el costo de las soluciones.
Los dominicanos merecemos un debate político centrado en los problemas reales del país y no únicamente en la preservación de estructuras partidarias. El 2028 se acerca, y con él la oportunidad de decidir si continuamos administrando los mismos problemas o comenzamos a resolverlos.
El reloj sigue avanzando. La nación no puede darse el lujo de seguir esperando.
