OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Entre el gobierno de Antonio Guzmán Fernández y el de Luis Abinader han pasado décadas, contextos distintos y generaciones completas. Sin embargo, hay un hilo invisible que une ambas gestiones: la compleja relación entre el liderazgo presidencial y los partidos que los llevaron al poder.
Don Antonio Guzmán intentó gobernar la República Dominicana con una visión institucional, apoyándose en técnicos, independientes y figuras ajenas a las pugnas internas del Partido Revolucionario Dominicano. Esa decisión, que buscaba estabilidad y gobernabilidad, terminó aislándolo políticamente. El partido, más que respaldar al presidente, comenzó a erosionarlo desde dentro. La maquinaria partidaria mostró entonces su rostro más crudo: devora a sus propios líderes cuando estos no se someten a sus lógicas internas.
Décadas después, el presidente Abinader parece haber comprendido esa lección histórica a tiempo. Su experiencia al frente del Partido Revolucionario Moderno, heredero directo de la cultura política del viejo PRD, le ha revelado una verdad incómoda pero recurrente: los partidos, cuando se convierten en estructuras de poder sin visión de Estado, dejan de ser aliados confiables del gobernante.
Al igual que Don Antonio, Abinader ha optado por apoyarse en independientes, técnicos y fuerzas aliadas, incluso recurriendo a acuerdos extrapartidarios para sostener su agenda y preservar la gobernabilidad. No se trata de un rechazo ideológico a su partido, sino de una estrategia de supervivencia política. Gobernar desde el centro, rodeado de competencias y no de lealtades ciegas, ha sido su forma de evitar el desgaste prematuro que tantas veces ha terminado debilitando a presidentes dominicanos antes de concluir su mandato.
El PRD de ayer —y el PRM de hoy— han demostrado ser partidos con una gran capacidad electoral, pero también con una peligrosa tendencia a la autofagia política. Son maquinarias que, sin contemplación, terminan erosionando a quienes no se pliegan a sus intereses internos. La historia lo ha probado más de una vez.
La diferencia sustancial es que Abinader parece haber entendido que, si desea construir un relato de éxito y llegar al 2028 con estabilidad, debe adelantarse a ese desgaste. Su apuesta por alianzas amplias y por una gestión menos dependiente de la estructura partidaria no es una debilidad, sino una lectura inteligente del pasado.
Da pena reconocerlo, pero la historia política dominicana insiste en repetirse. La buena noticia es que, esta vez, el presidente parece estar escribiendo un capítulo de sobrevivencia política, aprendiendo de Don Antonio y evitando caer en las mismas trampas.
Si logra culminar su gestión fortaleciendo las instituciones y no las apetencias internas de su partido, Abinader habrá hecho algo poco común en nuestra historia reciente: gobernar por encima del partido sin destruirlo, y sin ser destruido por él.
El tiempo dirá si ese equilibrio fue posible. Por ahora, el paralelismo histórico es claro… y la lección también.
