OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Volver a la República Dominicana en 1972, tras los años universitarios, significó reencontrarme con un país que parecía una obra en construcción permanente bajo la mirada férrea del Dr. Joaquín Balaguer. Con él aprendí la obsesión por el desarrollo material: carreteras, presas, escuelas, edificios estatales… obras que en su momento muchos criticaron como exageradas, pero que terminaron sosteniendo el andamiaje de la nación. Su estilo austero, con severidades y sombras, puso en claro que la riqueza debía canalizarse hacia la obra pública, no al bolsillo personal. Además, fue pionero de una conciencia ambiental en tiempos en que la ecología no figuraba en la agenda mundial.

La transición de Balaguer a Antonio Guzmán abrió un capítulo democrático cargado de ilusiones. Guzmán tuvo la valentía de desmantelar el militarismo heredado y sentar bases institucionales más firmes. Sin embargo, los rumores de irregularidades y el peso de las pasiones políticas lo arrastraron a un final trágico. Su suicidio en 1982 mostró la crudeza de la política dominicana y lo ingrato de una sociedad que no siempre reconoce en vida a quienes abren caminos.

A Salvador Jorge Blanco le correspondió enfrentar una tormenta económica que su propio equipo no supo dimensionar. Su gobierno, marcado por errores de manejo macroeconómico y por la voracidad de algunos funcionarios, terminó empañado por la cárcel, símbolo de cómo las imprudencias políticas e institucionales pueden destruir trayectorias.

Hipólito Mejía representó la deuda simbólica del pueblo con José Francisco Peña Gómez. Sus primeros dos años transcurrieron con relativa estabilidad, aún bajo la sombra viva de Balaguer. Pero tras la muerte del líder reformista, su gobierno entró en descontrol, atrapado por malos consejos y decisiones que, al desatar una crisis bancaria histórica, lo dejaron sin posibilidad de retorno inmediato al poder.

Leonel Fernández apareció como el joven modernizador, inicialmente visto como una represa frente al PRD. Su visión de apertura y globalización trajo nuevos bríos, pero también inauguró el ciclo acelerado de endeudamiento externo. De su gestión y la de Danilo Medina surgió el famoso contraste popular: dirigentes que “llegaron en chancletas y se fueron en Jeepetas”. Medina consolidó proyectos de envergadura, pero su legado quedó herido por los egos y pugnas internas con Fernández, fragmentando al PLD y abriendo la puerta a un nuevo ciclo.

Ese ciclo lo encarna el PRM, heredero del viejo PRD con muchos de sus hábitos, pero liderado por Luis Abinader, quien asumió el poder en circunstancias complejas. Su desafío ha sido demostrar que es posible un gobierno distinto, más transparente y efectivo. Pero la tentación de repetir errores del pasado sigue presente, recordándonos que la política dominicana es una escuela de aprendizajes olvidados.

Del 1966 al 2025, medio siglo de historia política dominicana enseña que los errores se repiten cuando la memoria colectiva se acorta. Balaguer enseñó la visión de largo plazo en la infraestructura; Guzmán, la valentía institucional; Jorge Blanco, los riesgos de la imprudencia económica; Mejía, las consecuencias de la improvisación; Fernández y Medina, la necesidad de separar liderazgo político de enriquecimiento personal; y Abinader, el reto de demostrar que se puede gobernar con transparencia y eficacia sin heredar los vicios del pasado.

La gran lección es clara: gobernar no es administrar la pobreza ni perpetuar caudillos, sino crear las condiciones para que la nación prospere con instituciones sólidas, memoria histórica y visión de futuro.