OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Dicen que en una noche solemne de febrero, mientras los fuegos artificiales iluminaban la Puerta del Conde, tres figuras bajaron discretamente de la bruma de la historia. Eran Juan Pablo Duarte, Francisco del Rosario Sánchez y Ramón Matías Mella. No venían a un acto protocolar. Venían a inspeccionar la obra que comenzaron en 1844.

Duarte, siempre idealista, fue el primero en hablar: “Veamos cómo marcha la República”. Pidió un Uber para recorrer la ciudad. El conductor tardó 47 minutos en llegar porque, según explicó, “el tapón está criminal”. Mella, al oír la palabra “criminal”, buscó instintivamente el trabuco. Sánchez le susurró: “No, Ramón, ahora las batallas son con bocinas”.

A los pocos minutos estaban atrapados en el tránsito. Duarte observaba en silencio cómo motoristas zigzagueaban, carros públicos se estacionaban en doble fila y semáforos parecían sugerencias poéticas. “¿Esta es la disciplina republicana?”, preguntó con delicadeza. El chofer respondió: “Maestro, aquí cada quien maneja como quiere”. Mella murmuró: “En mi tiempo al menos sabíamos hacia dónde disparábamos”.

Luego pasaron frente a un edificio público recién inaugurado con cinta y discurso. Duarte quiso entrar. Le explicaron que faltaban algunos permisos, que el presupuesto se había ampliado varias veces y que había una auditoría pendiente. Sánchez frunció el ceño: “En 1844 no teníamos presupuesto, pero tampoco excusas”.

Al llegar al Ministerio de Hacienda pidieron ver la deuda nacional. Cuando escucharon las cifras, Duarte respiró hondo: “¿Y esta dependencia financiera cuándo se declaró?”. Un técnico les explicó que es normal deber, que todos los países deben. Duarte respondió con cortesía: “Una cosa es deber para crecer; otra es deber para mal gastar.

Caminaron por un barrio donde la gente trabaja duro, pero siente que el progreso siempre llega “el año que viene”. Sánchez se detuvo y dijo: “La patria no se proclama cada 27 de febrero; se administra todos los días”. Vieron también universidades llenas de jóvenes brillantes, empresarios innovadores y dominicanos triunfando en el mundo. Mella sonrió: “Aquí hay madera buena; lo que falta es carpintería constante”.

Al caer la tarde pidieron reunirse con el presidente Luis Abinader. No fueron con reclamos, sino con consejos. Duarte habló primero: “Gobernar no es agradar, es ordenar. La República necesita disciplina institucional, justicia sin apellidos y cuentas claras”. Sánchez añadió: “El servicio público no es premio; es sacrificio. Que el cargo no pese más que la conciencia”. Mella concluyó: “La soberanía hoy no se defiende solo con pólvora, sino con educación, productividad y respeto a la ley”.

Antes de marcharse, dejaron un mensaje para la ciudadanía: “No esperen héroes cada siglo. La independencia no fue un espectáculo; fue una responsabilidad. Si el tránsito es un caos, conduzcan mejor. Si la corrupción indigna, no participen en ella. Si la deuda preocupa, exijan y practiquen austeridad. La patria no es un recuerdo glorioso; es una tarea pendiente”.

Cuando regresaron a la bruma, el Uber aún marcaba tarifa dinámica. Duarte miró el celular y dijo: “Al menos la tecnología avanza”. Mella respondió: “Que avance también la conciencia”. Y Sánchez, con serenidad, dejó flotando la última frase: “La República que soñamos no era perfecta, pero sí era seria. Ya es hora de que ustedes también se pongan los pantalones”.

Y así, entre tapones, discursos y promesas, los Padres de la Patria confirmaron que la independencia se ganó en 1844… pero todavía se está construyendo.