OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Mi hija ha sido criada con todos los derechos de un hijo y con los deberes de sus padres bajo la sombra del seguro. Desde que nació, mi vida laboral ha estado íntimamente ligada a esta industria: inicié como auxiliar de facturación en el departamento de seguros de la Clínica Rodríguez Santos; luego fui vendedor y supervisor de ventas en La Principal de Seguros; más adelante en Salud Total, IMERSA, La Colonial de Seguros, Atlántica, junto a Juan Santiago de la Mota; y hoy continúo desde los medios de comunicación con Vehículos en la Radio y 60 Minutos de Seguros, además de mi propia firma de corretaje.

Por eso me sorprendió profundamente escuchar de ella una frase tan corta, pero tan reveladora:
“Pago el seguro de mi vehículo con dolor”.

Confieso que fue desconcertante. Todo lo que ella ha vivido en casa, en términos económicos y de conversación cotidiana, ha tenido relación directa con el seguro. Desde mi lógica, debía tener otra visión. Sin embargo, lejos de incomodarme como padre, esa frase me obligó a reflexionar como profesional y como comunicador.

Este artículo no nace con la intención de cuestionar a mi hija, sino de confirmar algo que desde hace años venimos diciendo en los medios: la cultura del seguro sigue siendo débil, incluso entre quienes conviven con ella de cerca.

Siempre he sostenido que la cultura del seguro se edifica sobre un pilar fundamental: la confianza. El seguro no se compra por gusto, se compra por necesidad; y esa necesidad solo se justifica cuando el seguro cumple su cometido. La gente quiere sentirse protegida, acompañada y respaldada cuando paga una prima. Si eso no ocurre, el pago se convierte en una carga emocional, no en una decisión racional.

Recientemente fui entrevistado por Manolo Ozuna en el programa Politihablando, que se transmite por plataformas digitales y por VTV, canal 32, todas las noches. Allí me hizo una pregunta que, con el paso de los días, entendí que respondí de forma incompleta:

¿Por qué la gente no se asegura?

Una de las respuestas que siempre doy es esta:
La gente compra casas, carros, terrenos, teléfonos, enseres del hogar, ropa, zapatos, prendas… todo con el fin de usarlos y disfrutarlos. Sin embargo, la gente no “quiere usar” el seguro, porque su uso está inevitablemente ligado a un siniestro, a una pérdida, a una tragedia.

El problema es que hemos enseñado a ver el seguro como un mal presagio y no como lo que realmente es: una herramienta de continuidad. El seguro no evita el accidente, pero evita el colapso económico y emocional que viene después. No es un gasto inútil, es un amortiguador del impacto de la vida.

Ahí está la raíz del “dolor” al pagar un seguro: no se percibe valor inmediato, no se siente beneficio tangible, y muchas veces, cuando llega el momento de necesitarlo, la experiencia no es la esperada. Trámites largos, exclusiones mal explicadas, promesas mal vendidas y expectativas irreales terminan por erosionar la confianza.

La cultura del seguro no se construye con miedo, ni con imposición, ni con discursos técnicos. Se construye con educación clara, cumplimiento honesto y experiencias justas. Cuando el seguro responde, deja de doler; cuando falla, se convierte en un impuesto emocional.

Quizás mi hija no estaba hablando solo por ella. Tal vez, sin saberlo, puso en palabras lo que muchos sienten. Y si eso es así, entonces aún tenemos mucho trabajo por hacer como industria, como intermediarios y como comunicadores.

Porque el día que la gente pague su seguro con tranquilidad —y no con dolor— habremos avanzado de verdad en crear una auténtica cultura de estar asegurados.