OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Me preocupa profundamente lo que estamos viendo en muchas redes sociales durante el 2026. Cada vez es más frecuente encontrar jóvenes que miden su valor por la cantidad de seguidores, “likes” o visualizaciones que reciben. La presión por llamar la atención ha llevado a algunas a exponer aspectos cada vez más íntimos de su vida, adoptar conductas que no reflejan su verdadera personalidad o utilizar un lenguaje y una imagen diseñados únicamente para obtener aprobación instantánea.

El problema no son las jóvenes. El problema es un entorno digital que premia la apariencia sobre la sustancia y la popularidad sobre el carácter.

Las redes sociales presentan una ilusión de perfección. Vemos cuerpos perfectos, viajes perfectos, relaciones perfectas y vidas aparentemente libres de problemas. Sin embargo, detrás de muchas de esas imágenes existen dificultades, inseguridades, fracasos y luchas que rara vez aparecen en pantalla.

Cuando una adolescente compara su vida real con una vida artificialmente editada, corre el riesgo de sentirse insuficiente. Y cuando la autoestima depende de la aprobación externa, cualquier comentario negativo o falta de atención puede convertirse en una herida emocional.

Las familias no pueden permanecer indiferentes. Debemos enseñar a nuestras hijas que su valor no depende de una fotografía ni de un algoritmo. Debemos fortalecer la comunicación en el hogar, fomentar la lectura, el deporte, el arte, la fe y las relaciones humanas auténticas. Debemos ayudarles a desarrollar pensamiento crítico para que comprendan que las redes muestran una versión parcial de la realidad, no la realidad completa.

También es importante que los adultos demos ejemplo. No podemos pedir equilibrio digital a nuestros hijos mientras vivimos esclavos del teléfono móvil.

La tecnología es una herramienta extraordinaria y seguirá siendo parte de nuestras vidas. Pero ninguna pantalla debe sustituir la formación de valores, el cariño familiar y la construcción de una identidad sólida.

Quizás el mayor desafío de nuestra generación no sea enseñar a nuestros hijos a usar la tecnología, sino enseñarles a que nunca permitan que la tecnología defina quiénes son.

Porque una joven segura de sus valores, de su dignidad y de su propósito tendrá siempre una fortaleza que ningún algoritmo podrá darle ni quitarle.