OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- Las recientes declaraciones del presidente de la Cámara de Diputados contra la primera dama y sus tres hijas, por el simple hecho de expresar su opinión a favor de las tres causales, constituyen un acto preocupante de intolerancia política y personal. En lugar de enaltecer el debate democrático, el presidente de la Cámara optó por descalificar y condicionar el derecho a opinar, como si el respaldo político a un presidente significara hipotecar la conciencia de su familia.
Con sus palabras, dejó entrever que, por haber sido electo con el apoyo del PRM y sus diputados, el presidente Luis Abinader —y por extensión su familia— debería alinearse sin cuestionamientos con las posturas del partido oficial. Un razonamiento inaceptable en cualquier sistema democrático y aún más lamentable viniendo del titular de un poder del Estado.
Este episodio revela algo más profundo: la vieja tentación del populismo de silenciar la disidencia interna. Me recordó aquellas fracturas del pasado que destruyeron al PRD, partido del cual muchos de los actores actuales provienen, ahora agrupados bajo la bandera del PRM. No aprendimos nada.
La primera dama y sus hijas tienen pleno derecho a disentir. No solo como ciudadanas, sino como voces conscientes en un país donde aún debatimos, con rezago y prejuicio, derechos fundamentales para la dignidad humana. No puede ser que por ejercer ese derecho se les tache de ingratas, desleales o irresponsables.
Lo más sensato sería que el presidente de la Cámara de Diputados rectifique. Que pida disculpas públicas a la familia presidencial. No por protocolo, sino por respeto a la institucionalidad, a la democracia y al derecho sagrado de cada dominicano a expresar lo que piensa, más aún si lo hace con firmeza y respeto.
Cuando se agrede al disenso, no se fortalece el poder: se lo degrada. Ojalá el PRM lo entienda antes de repetir los errores que tanto costaron en el pasado.
