OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- La lectura de un artículo publicado el 2 de febrero en El Caribe por César Nicolás Penson, titulado “Análisis científico del cerebro de un ‘motorita’”, resulta tan ingeniosa como provocadora. Con humor fino y una ironía quirúrgica, su autor utiliza el lenguaje pseudocientífico para desnudar una conducta cotidiana que todos conocemos y demasiadas veces normalizamos.

Esa lectura fue el detonante. No por las dos ruedas ni por el casco ausente, sino porque mientras avanzaba en el texto resultaba imposible no pensar en otro fenómeno nacional, más estructural y mucho más costoso: el comportamiento del político dominicano promedio.

Motivado por ese ejercicio de sátira inteligente, me permito trasladar el bisturí —ciudadano y literario— del asfalto a la oficina pública, del caos vial al desorden institucional, y del motorista imprudente al político improvisado que nos mantiene arropados en un atraso persistente.

Un equipo de investigadores imaginarios, formados en paciencia social y frustración cívica, emprendió entonces el estudio de este peculiar espécimen, perfectamente adaptado a un entorno donde la excusa sustituye al resultado y la lealtad pesa más que la competencia.

Desde la corteza cerebral se observa una marcada atrofia del área de planificación, reemplazada por un tejido flexible de corto alcance que solo se activa en tiempos electorales. En el lóbulo frontal, sede del juicio ético, se detecta una desconexión funcional que explica la confusión crónica entre lo público y lo privado.

El sistema límbico responde con euforia a cámaras, micrófonos y tarimas, produciendo discursos extensos y promesas recicladas. El hipocampo, encargado de la memoria, presenta una amnesia selectiva post-electoral que borra compromisos asumidos, aunque conserva con precisión la lista de favores pendientes.

Los ganglios basales revelan un patrón repetitivo de movimiento administrativo: reuniones, comisiones y mesas de diálogo que generan la ilusión de actividad sin resultados medibles. En el área del lenguaje se identifica el tecnopopulismo tropical, capaz de decir mucho sin comprometerse con nada.

Finalmente, al explorar la conciencia —cuando logra localizarse— se detecta un mecanismo automático que se apaga al asumir funciones públicas, permitiendo justificar los fracasos actuales culpando a herencias pasadas, incluso cuando esas herencias incluyen gestiones propias.

La conclusión del estudio es clara: así como el motorista sin normas convierte la vía pública en un riesgo permanente, el político sin institucionalidad convierte el Estado en un obstáculo para el desarrollo. En ambos casos, el problema no es la falta de inteligencia, sino la ausencia de reglas que se cumplan y consecuencias que se apliquen.

La terapia sigue siendo la misma: ley, institucionalidad y ciudadanía activa. Todo lo demás es ruido. Con motor o con poder.