OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- En su más reciente Artículo IV, el Fondo Monetario Internacional volvió a presentar una radiografía dual de la economía dominicana: una que celebra con entusiasmo y otra que, con la misma precisión técnica, deja abierta una preocupación estructural. Es un informe que, leído con calma, parece escrito por dos plumas distintas dentro de la misma institución, porque mientras una afirma que “la economía dominicana continúa mostrando resiliencia y sólidos fundamentos macroeconómicos”, la otra advierte que “las vulnerabilidades fiscales y cuasi-fiscales requieren atención urgente”. Esa contradicción, más que un error, revela la tensión entre la narrativa optimista y la realidad técnica que el propio Fondo no puede ocultar.
El FMI reconoce que “el crecimiento ha sido robusto”, pero en el mismo documento admite que “la deuda pública consolidada se mantiene entre las más altas de la región” y que el país enfrenta “riesgos crecientes por la dinámica del Banco Central y el déficit cuasi-fiscal”. Es decir, felicitaciones al frente, pero alarma en el pie de página. Hablan de estabilidad cambiaria, pero también señalan que “las presiones sobre el tipo de cambio reflejan un entorno externo menos favorable”, una forma diplomática de decir que el peso está bajo tensión. Destacan la moderación de la inflación, pero a la vez subrayan que “las tasas de interés se mantienen elevadas y afectan el crédito y el consumo”, reconociendo que el costo del dinero estrangula a los hogares y empresas.
En materia bancaria, elogian la fortaleza del sistema financiero, pero inmediatamente alertan que existe “concentración del mercado y márgenes elevados”. Dicho de otra forma: lo que llaman solidez es, en parte, resultado de un oligopolio que el propio Fondo reconoce sin nombrarlo directamente. Sobre el empleo, afirman que “la recuperación continúa”, pero en el mismo párrafo dicen que “persisten niveles de informalidad y desempleo que limitan la inclusión laboral”. La celebración y la advertencia, conviviendo una al lado de la otra.
El informe es particularmente claro en algo que no se puede minimizar: “la política fiscal debe orientarse a mejorar la sostenibilidad y reducir la dependencia de financiamiento”. No lo dicen con dramatismo, pero la frase implica que estamos viviendo por encima de nuestros ingresos y que el margen de maniobra se está agotando. Y mientras felicitan la gestión económica, admiten que “es necesario implementar reformas estructurales para evitar un deterioro futuro”, lo cual plantea una pregunta inevitable: ¿cómo puede estar todo tan bien si lo más urgente es cambiarlo?
No se trata de crear polémica ni de negar los avances; se trata de leer al FMI con rigor. Ellos mismos escriben, con su propio lenguaje diplomático, el lado bueno y el lado preocupante del país. Y cuando un informe contiene, al mismo tiempo, elogios enfáticos y advertencias severas, no es el lector quien está confundido: es la realidad la que está enviando señales divergentes.
Este Artículo IV, más que un veredicto, es un espejo. Y lo que refleja es una economía que avanza, sí, pero con riesgos que ya no caben bajo la alfombra. La prudencia no es pesimismo; es responsabilidad. Y si algo deja claro el propio FMI, entre líneas y sin estridencias, es que el país debe escuchar tanto los aplausos como las alarmas. Porque ambos vienen de la misma mano.
