OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.-Hoy, 1 de octubre, Día Internacional de las Personas de Edad, quiero compartir una reflexión muy personal, a pocos días de cumplir mis 75 años.
Nunca pensé que llegaría a esta edad. Cuando somos jóvenes creemos, ingenuamente, que la juventud es eterna. Los viejos siempre son los demás, hasta que un buen día nos miramos al espejo y descubrimos que nosotros también hemos llegado a esa estación de la vida.
Y aquí estoy, a las puertas de los 75, con algunas canas, muchas historias, unas cuantas ausencias y una inmensa gratitud hacia Dios.
Mis padres ya no están. Mis hermanos partieron todos. Y más recientemente perdí a Dania, mi querida compañera de vida, con quien compartí tantos años de alegrías, sacrificios, ilusiones y ese maravilloso proyecto que llamamos familia.
No es fácil llegar a esta edad y comprender que ya no podemos llamar a nuestros padres, conversar con un hermano o compartir las pequeñas cosas del día con quien estuvo a nuestro lado durante tantos años.
Hay ausencias que nunca se llenan, abrazos que daríamos cualquier cosa por repetir y conversaciones que quedaron pendientes.
Pero sería injusto hablar de soledad.
Dios me ha bendecido con dos grandes joyas: mis hijos, con mis nietos, mi yerno, mi nuera y una familia política que ha sido una verdadera bendición.
He perdido seres irreemplazables, pero nunca me ha faltado cariño. Al contrario, me ha sobrado.
Y hoy comprendo que la verdadera riqueza no está en lo que acumulamos, sino en las personas que todavía desean sentarse a nuestro lado.
A esta edad también hacemos un balance diferente. Ya no importan tanto los cargos que ocupamos, el dinero que ganamos o las batallas profesionales que libramos.
Las preguntas son otras: ¿Fui un buen hijo? ¿Cumplí con mis hermanos? ¿Estuve presente para mi esposa? ¿Les dejé a mis hijos algo más valioso que bienes materiales?
No he sido perfecto, pero siento la tranquilidad de haber cumplido con mis padres, mis hermanos y las responsabilidades familiares que la vida puso sobre mis hombros.
La conciencia tranquila y la sensación del deber cumplido son dos de las mayores fortunas que podemos llevarnos a la vejez.
Ayer me ocurrió algo que me hizo sonreír y reflexionar.
Al inscribirme en un torneo de golf del Santo Domingo Country Club, me preguntaron mi edad.
—75 años —respondí con orgullo.
—Perfecto, queda inscrito en la categoría de «Leyenda».
¡Leyenda!
Confieso que aquella palabra me impactó.
Yo, que todavía quiero competir, disfrutar mis partidos, bromear con los amigos y compartir el tradicional hoyo 19, descubrí que oficialmente había ingresado en la categoría de las leyendas.
¡Y yo que pensaba que todavía estaba calentando!
Pero después comprendí que ser una leyenda significa haber recorrido un largo camino, haber conocido victorias y derrotas, haber sobrevivido a las dificultades y, sobre todo, haber tenido el privilegio de permanecer en el juego.
Por eso hoy quiero enviar un mensaje a las generaciones que vienen detrás.
No miren a los adultos mayores como personas que ya cumplieron su función.
Detrás de cada rostro envejecido existe una historia. Detrás de cada mano temblorosa hubo una mano firme que trabajó, construyó y sostuvo a otros. Detrás de cada paso lento hubo alguien que caminó deprisa para levantar una familia.
Llamen a sus padres. Visiten a sus abuelos. Escuchen sus historias, aunque las hayan contado diez veces. Ténganles paciencia cuando caminen despacio, cuando olviden una palabra o cuando necesiten ayuda.
No los hagan sentir que estorban.
Y recuerden que la manera en que tratamos hoy a nuestros mayores ayuda a construir la sociedad que mañana nos recibirá cuando nosotros envejezcamos.
Una sociedad que olvida a sus mayores termina olvidando su propia historia.
También quiero agradecer a esas personas que llamo cariñosamente las «muletas» que Dios coloca en nuestro camino: hijos, nietos, familiares y amigos que nos acompañan, nos sostienen y nos ayudan a continuar cuando las fuerzas ya no son las mismas.
No son símbolos de debilidad. Son expresiones de amor.
Hoy me siento como un atleta que ha llegado a una meta que nunca imaginó alcanzar. Pero aquí no hay medallas ni podios. El premio es despertar cada mañana, abrazar a mis hijos, escuchar las risas de mis nietos, compartir con mis amigos y sentirme en paz con Dios y con mi conciencia.
No sé cuántos partidos de golf me quedan, cuántos cumpleaños más celebraré ni cuántas páginas faltan por escribirse en el libro de mi vida.
Eso solamente lo sabe Dios.
Pero sí sé algo: no quiero dedicar el tiempo que me queda a lamentar los años que pasaron, sino a agradecer los días que todavía puedo vivir.
A quienes todavía tienen a sus padres, aprovéchenlos. A quienes tienen hermanos, búsquenlos. A quienes tienen a su compañero o compañera de vida, abrácenlo hoy, no mañana.
Y a quienes, como yo, hemos llegado a esta edad con algunas sillas vacías, pero con el corazón lleno de recuerdos, les digo que todavía tenemos mucho que ofrecer.
La vejez no tiene que ser el otoño triste de la existencia. Puede ser la cosecha de todo el amor que sembramos durante nuestra vida.
A mis amigos contemporáneos y a quienes ya superaron esta edad, les envío un abrazo fraterno. Somos sobrevivientes de muchas batallas, testigos de grandes transformaciones y guardianes de historias que merecen ser contadas.
Y a las nuevas generaciones les dejo una petición:
No esperen a que sus mayores se conviertan en recuerdos para darles el cariño que necesitan mientras están vivos.
Hoy doy gracias a Dios por mis padres, mis hermanos, mi querida Dania, mis hijos, mis nietos, mi familia y mis amigos.
Por los que partieron, por los que permanecen y por los que vendrán.
He comprendido que llegar a viejo no significa haber llegado al final de todo, sino haber vivido lo suficiente para descubrir lo que verdaderamente importa.
Y si a los 75 años me llaman leyenda, acepto el título con orgullo, pero con una pequeña condición:
¡Que todavía me permitan seguir jugando!
Gracias, Señor, por estos 75 años. Por lo que me diste, por lo que me quitaste, por lo que me enseñaste y por todas las personas que pusiste en mi camino.
Porque al final de la vida, lo importante no es cuántos años vivimos, sino cuánto amor dimos, cuánto cariño recibimos y qué huellas dejamos en el corazón de los demás.
