OPINIÓN, FÉLIX CORREA, PARA 7 SEGUNDOS.- Cuando hablamos de seguros contra asalto y atraco, casi siempre pensamos en comercios, industrias y negocios que manejan dinero en efectivo. Sin embargo, hay una pregunta que debemos hacernos: ¿por qué estas protecciones no pueden extenderse también a las pólizas de viviendas?
La seguridad de nuestros hogares es una preocupación cada vez más importante. Las familias invierten años de trabajo para comprar sus muebles, electrodomésticos, equipos electrónicos y otros bienes que forman parte de su patrimonio. Pero ¿qué sucede cuando un asalto convierte ese esfuerzo en una pérdida económica?
En el mercado asegurador existen coberturas dirigidas a proteger el dinero y los valores frente a robos con violencia, asaltos y atracos, dentro y fuera del local asegurado, de acuerdo con las condiciones contratadas. Estas pólizas están orientadas principalmente a comercios e industrias.
Si existen soluciones para proteger a las empresas frente a estos riesgos, ¿por qué no desarrollar alternativas que respondan también a las necesidades de las familias dominicanas?
Mi propuesta es que las compañías aseguradoras evalúen la incorporación de una cobertura específica de asalto y atraco en las pólizas de viviendas, diseñada para responder a la realidad de quienes habitan en ellas.
Pero esta protección no debe limitarse a los bienes materiales. Hay algo mucho más importante que los muebles, los electrodomésticos y cualquier objeto que podamos comprar o reponer: las personas que viven en la casa.
Una vivienda puede reconstruirse y los bienes materiales pueden recuperarse. Sin embargo, las consecuencias de una lesión grave o la pérdida de un ser querido no se resuelven reemplazando lo robado.
Por eso, esta cobertura debería contemplar también los gastos médicos por lesiones físicas sufridas durante un atraco, una indemnización por lesiones, conforme a las condiciones contratadas, y una suma asegurada para los beneficiarios en caso de fallecimiento de alguno de los ocupantes como consecuencia del hecho cubierto.
De esta manera, el seguro ofrecería una protección más integral, ayudando a las familias a enfrentar no solamente las pérdidas materiales, sino también algunas de las consecuencias económicas y humanas de un acontecimiento tan traumático.
Las aseguradoras podrían diseñar diferentes planes, con límites de cobertura y primas ajustados a las posibilidades de cada familia, explicando claramente sus condiciones, exclusiones y requisitos.
Esta iniciativa también podría convertirse en una punta de lanza para incentivar a más personas a asegurar sus viviendas. Muchas familias todavía ven el seguro como un gasto, cuando en realidad puede ser una herramienta para proteger el patrimonio construido con años de sacrificio.
El reto está planteado para el mercado asegurador dominicano. Es tiempo de innovar, escuchar las necesidades de la población y desarrollar productos que respondan a los riesgos que enfrentan las familias en su vida cotidiana.
Porque cuando aseguramos una vivienda, no debemos pensar únicamente en el inmueble. Debemos pensar, ante todo, en quienes viven dentro de él.
Al final, lo más valioso de una casa no está en sus paredes, sus muebles ni sus pertenencias. Lo más valioso es la vida de quienes la habitan.
Y si el seguro existe para proteger lo que más valoramos, esa protección también debe poner a las personas en el centro de su propósito.
