OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS.- El panorama económico internacional acaba de complicarse nuevamente y, para una economía pequeña, abierta e importadora de petróleo como la dominicana, conviene mirar lo que está ocurriendo más allá de nuestras fronteras con mucha atención.
Tres variables están coincidiendo peligrosamente: suben las tasas de interés en Estados Unidos, el petróleo vuelve a superar los US$100 por barril y la República Dominicana enfrenta este escenario con un nivel de endeudamiento público considerable.
No es para anunciar una catástrofe. Pero sí para encender las luces amarillas.
La Reserva Federal vuelve a apretar
El 16 de septiembre, la Reserva Federal de Estados Unidos elevó en 25 puntos básicos su tasa de referencia, llevándola al rango de 3.75 % a 4.00 %. La decisión fue unánime y la propia Fed explicó que la inflación continúa elevada. Sus nuevas proyecciones sitúan la inflación PCE de 2026 en 3.7 %, todavía bastante por encima de su objetivo de 2 %. (Reserva Federal)
Pero para la República Dominicana hay otra cifra quizás más importante: el rendimiento de los bonos del Tesoro norteamericano a diez años alcanzó el 5 % al 15 de septiembre. (Reserva Federal)
¿Y qué tiene que ver Washington con Santo Domingo?
Muchísimo.
Cuando aumenta el rendimiento de los bonos norteamericanos, sube el piso sobre el cual los países emergentes tienen que pagar para financiarse internacionalmente. El inversionista siempre se pregunta: si Estados Unidos me paga alrededor de 5 % prácticamente libre de riesgo soberano, ¿cuánto más debe pagarme República Dominicana para que yo asuma un riesgo adicional?
Ahí comienza nuestro problema.
Petróleo por encima de US$100: el segundo golpe
Al mismo tiempo, el petróleo ha vuelto a instalarse sobre la barrera psicológica de los US$100. Este 17 de septiembre, el Brent cotizaba alrededor de US$104.74 y el WTI cerca de US$101.60, aunque habían retrocedido desde niveles todavía superiores registrados durante la semana. (Reuters)
Para un país importador neto de combustibles esto no es una noticia distante.
Es inflación importada.
Es una factura petrolera mayor.
Es más presión sobre los combustibles, el transporte y la generación eléctrica.
Es mayor demanda de dólares.
Y, si el Gobierno decide amortiguar el impacto para que no llegue completamente al consumidor, significa también más presión fiscal vía subsidios.
Ya durante 2026 el gasto acumulado dominicano en subsidios a los combustibles había superado los RD$30,000 millones. Se estima además que, con un consumo cercano a 144,000 barriles diarios, cada dólar adicional en el precio internacional representa aproximadamente US$52.6 millones anuales de exposición. (Diario Libre)
Hagan ustedes mismos la aritmética cuando el petróleo se mueve diez, veinte o treinta dólares.
Y llegamos al tercer elemento: la deuda
Aquí es donde las piezas comienzan a conectarse.
Al 31 de julio de 2026, la deuda del Sector Público No Financiero dominicano ascendía a US$67,827.8 millones, equivalente al 48.2 % del PIB. De ese total, US$48,115.8 millones correspondían a deuda externa. (Crédito Público)
El porcentaje deuda/PIB, por sí solo, no cuenta toda la historia. Tan importante como cuánto se debe es cuánto cuesta financiar y refinanciar esa deuda.
Y ahí está el verdadero desafío.
Cuando Estados Unidos eleva sus tasas y los bonos del Tesoro pagan más, el nuevo endeudamiento dominicano puede resultar más costoso. Y cuando simultáneamente el petróleo supera los US$100, el Estado puede necesitar mayores recursos precisamente cuando conseguirlos se vuelve más caro.
Es la combinación que cualquier banquero observa con cuidado: mayores necesidades financieras acompañadas de un mayor costo del dinero.
El círculo que debemos evitar
El mecanismo puede resultar bastante sencillo de entender.
Petróleo más caro significa mayor factura de importación y presiones inflacionarias. Si el Gobierno subsidia combustibles para contener esas presiones, aumenta el costo fiscal. Si necesita financiar mayores déficits o refinanciar vencimientos, encuentra mercados internacionales donde las tasas de referencia han subido.
Y si las presiones inflacionarias aumentan internamente, el Banco Central dominicano tampoco dispone de libertad absoluta para reducir agresivamente sus propias tasas.
Una variable comienza a alimentar a la otra.
Petróleo caro → inflación → subsidios → presión fiscal → financiamiento más caro → mayor servicio de la deuda.
Ese es el circuito que debemos vigilar.
Pero República Dominicana también tiene amortiguadores
Sería incorrecto presentar solamente el lado negativo.
La economía dominicana conserva importantes fuentes de divisas. Durante el primer semestre de 2026, los ingresos provenientes de inversión extranjera directa, remesas, turismo, exportaciones de bienes y otros servicios superaron los US$26,500 millones. Las reservas internacionales brutas se situaban en aproximadamente US$15,434 millones en agosto. (Banco Central)
Además, el país ha mantenido acceso a los mercados internacionales. A comienzos de 2026 realizó una emisión por US$2,750 millones que recibió una demanda superior a US$7,200 millones. (Ministerio de Hacienda y Economía)
Eso importa porque demuestra que no estamos hablando de una economía sin capacidad de respuesta.
Estamos hablando de una economía que entra en una etapa internacional considerablemente más exigente.
La hora de cuidar cada peso
Durante muchos años los países pudieron acostumbrarse al dinero internacional relativamente barato. Esa época parece cada vez más distante.
Con un bono del Tesoro norteamericano a diez años alrededor del 5 %, petróleo sobre US$100 y una deuda pública dominicana cercana a US$68,000 millones, las decisiones fiscales adquieren otra dimensión.
Ahora una obra innecesaria cuesta más.
Un subsidio mal diseñado cuesta más.
Un déficit adicional cuesta más.
Y cada dólar que haya que refinanciar en los mercados internacionales puede costar más.
No se trata de detener la economía ni de caer en pesimismo. Se trata exactamente de lo contrario: proteger lo que hemos logrado antes de que las circunstancias internacionales nos obliguen a hacerlo de manera traumática.
República Dominicana ha demostrado una extraordinaria capacidad de crecimiento y resiliencia. Pero la resiliencia económica no consiste solamente en resistir los golpes. Consiste también en anticiparlos.
Las señales están ahí.
Washington está subiendo el precio del dinero. El Medio Oriente está subiendo el precio de la energía. Y nosotros tenemos que asegurarnos de no seguir subiendo innecesariamente el precio de nuestra propia deuda.
En economía, como en la banca, cuando coinciden tasas altas, petróleo caro y endeudamiento elevado, hay una vieja recomendación que nunca pierde vigencia:
prudencia, liquidez y cabeza fría.
