OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- El día de hoy, mi amigo José Singer nos regaló una reflexión brillante en el periódico Acento sobre la capacidad de China para pensar estratégicamente mientras América Latina, lamentablemente, sigue atrapada en una visión corta, reactiva y, muchas veces, defensiva. Su planteamiento no solo es acertado: es incómodo… porque nos retrata.
Singer pone el dedo en la llaga. China no es una casualidad histórica, es el resultado de planificación, disciplina productiva y una obsesión casi quirúrgica por la eficiencia. Mientras tanto, en nuestra región —y sí, incluyendo la República Dominicana— seguimos buscando culpables externos para justificar nuestras propias debilidades estructurales.
Y uno de los ejemplos más evidentes es la forma en que tratamos al empresario chino.
Aquí se ha construido una narrativa peligrosa: que el comerciante chino compite “deslealmente”, que evade impuestos, que distorsiona el mercado. Y con ese argumento —cómodo, políticamente rentable y profundamente superficial— se han tomado medidas que van desde la persecución administrativa hasta el cierre de negocios.
Pero la pregunta incómoda es otra:
¿Y si no es evasión… sino eficiencia?
China ha construido su competitividad sobre economías de escala, cadenas logísticas integradas, disciplina en costos y una mentalidad exportadora global. No es magia. Es estructura. Es método. Es cultura productiva.
Mientras tanto, muchos de nuestros sectores productivos operan con costos altos, baja productividad, poca innovación y una dependencia crónica de protección estatal.
Entonces, en vez de preguntarnos cómo ser más eficientes, preferimos descalificar al que sí lo es.
Eso no es política económica. Eso es negación.
Lo más preocupante es que las autoridades, en lugar de asumir el reto de transformar la estructura productiva local, optan por el camino fácil: fiscalizar selectivamente, insinuar irregularidades y construir un relato que justifique la incapacidad de competir.
Es una especie de proteccionismo disfrazado de moral fiscal.
Y cuidado: no se trata de defender la evasión —que debe combatirse sin excepción—, sino de evitar convertir la eficiencia en sospecha y la competitividad en delito.
Porque cuando un país penaliza al que produce mejor y más barato, lo que realmente está haciendo es condenarse a la mediocridad.
El artículo de José Singer debería servirnos como espejo. No para admirarnos, sino para cuestionarnos.
China no es perfecta. Pero entiende algo que nosotros seguimos ignorando: el desarrollo no se decreta, se construye. Y se construye con productividad, con visión de largo plazo y con reglas claras, no con persecuciones coyunturales.
América Latina —y nosotros en particular— tiene que decidir si quiere competir o justificarse.
Porque seguir culpando al que hace bien las cosas no nos hará mejores… solo más pequeños.
Gracias, José, por recordarnos —con elegancia y firmeza— lo que muchos prefieren no ver.
