OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Cada vez que el Gobierno anuncia que la economía dominicana creció 4 %, 5 % o 6 %, se repite el mismo fenómeno social: una parte importante de la población responde con escepticismo, críticas o incluso burla. La pregunta aparece inevitablemente en redes sociales, en colmados, en aulas y en oficinas: ¿Dónde está ese crecimiento? Porque yo no lo siento.

Esta desconexión entre cifras macroeconómicas y percepción ciudadana no es exclusiva de la República Dominicana, pero aquí se manifiesta con una intensidad particular. Y no se trata de que el crecimiento sea falso; en la mayoría de los casos, las cifras del PIB son técnicamente correctas. El problema es otro: el crecimiento no se distribuye ni se percibe de forma uniforme.

El PIB mide la producción total de bienes y servicios del país. Es una fotografía del tamaño de la economía, no del bienestar de cada hogar. Puede crecer el turismo, la banca, las zonas francas o las telecomunicaciones y, aun así, miles de familias no sentir ningún cambio en su vida cotidiana. La economía puede estar creciendo “por arriba”, mientras el ciudadano promedio vive “por abajo”.

La clave está en entender que el crecimiento económico y el bienestar social no son sinónimos automáticos. Para que el crecimiento se sienta, debe traducirse en ingresos reales, empleos de calidad y reducción del costo de vida. Cuando eso no ocurre al mismo ritmo, nace la percepción de que el crecimiento es una estadística distante.

Existen varias razones por las que la población no siente el crecimiento. La primera es la desigualdad en la distribución del ingreso. Si los sectores que más crecen son capital intensivos —como banca, energía, telecomunicaciones o turismo— el beneficio inicial se concentra en empresas y grandes inversiones antes de llegar al trabajador común. El crecimiento existe, pero tarda en “derramarse”.

La segunda razón es la inflación. Si el salario aumenta 3 % pero el costo de la vida sube 5 %, el ciudadano siente que retrocede. En su realidad cotidiana, la comida, el transporte, la electricidad y la vivienda pesan más que cualquier indicador macroeconómico. El PIB puede crecer, pero si el poder adquisitivo cae, la percepción será negativa.

La tercera razón es la informalidad laboral. En República Dominicana una gran parte de la población trabaja en el sector informal. Eso significa que el crecimiento económico no se traduce automáticamente en aumentos salariales, beneficios sociales o estabilidad laboral. Para quien vive del día a día, el crecimiento del PIB es una noticia lejana.

La cuarta razón es la desigualdad territorial. El crecimiento se concentra en polos específicos: el turismo en el Este, los servicios en el Gran Santo Domingo, la industria en Santiago. Muchas comunidades del interior perciben que el país crece, pero su localidad permanece igual. Y cuando el crecimiento no llega al territorio, tampoco llega a la percepción.

La quinta razón es psicológica y comunicacional. Las cifras macroeconómicas son abstractas. Decir que el PIB creció 5 % no significa nada para quien está pagando el colegio, el alquiler y el supermercado. La gente no vive el PIB; vive su ingreso disponible.

Por eso surge la gran pregunta: ¿qué debemos hacer para que el crecimiento se sienta más?

La respuesta comienza con mejorar la calidad del empleo. No basta crear puestos de trabajo; es necesario crear empleos formales, productivos y mejor remunerados. El crecimiento que no genera movilidad social termina siendo estadístico.

También es fundamental impulsar la productividad de las pequeñas y medianas empresas. La economía dominicana está llena de emprendedores y microempresarios que necesitan financiamiento, capacitación y acceso a mercados. Cuando las PYMES crecen, el crecimiento se vuelve visible en barrios y comunidades.

Otro elemento clave es la educación técnica y la formación laboral. El crecimiento económico moderno exige nuevas habilidades. Si la población no puede acceder a los empleos que el crecimiento genera, el crecimiento se vuelve excluyente.

La infraestructura y la conectividad regional también son esenciales. Cuando las oportunidades se concentran en pocos polos urbanos, la percepción de desigualdad se amplifica. El crecimiento debe llegar a más territorios.

Finalmente, es necesario comunicar mejor el crecimiento económico. Explicar cómo se traduce en empleos, proyectos, inversiones y oportunidades concretas. Las cifras deben bajar del lenguaje técnico al lenguaje cotidiano.

El desafío no es solo crecer; es lograr que la mayoría de los dominicanos sienta que el país avanza con ellos. Porque una economía puede crecer en los informes, pero solo prospera de verdad cuando su gente percibe que su esfuerzo rinde más que ayer.

Y ese es el verdadero indicador de desarrollo.