OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ—Nieto—([email protected]).- La historia dominicana reconoce a los grandes nombres de la política, pero pocas veces se detiene en quienes construyeron el país desde la técnica, la planificación y la responsabilidad pública. Entre ellos destaca el ingeniero Osvaldo Báez, una figura esencial para entender la transición de Santo Domingo hacia la modernidad republicana. Su legado, hecho en piedra, en diseño urbano, en criterios de higiene, funcionalidad y estética, todavía define el rostro de la capital. Su vida demuestra que la grandeza de una nación también se escribe desde la discreción, el rigor y el servicio.
Hijo del presidente Buenaventura Báez y de doña Concha Machado, Osvaldo Báez nació en Santo Domingo en un tiempo marcado por crisis políticas y aspiraciones de modernización. Su vocación no siguió el camino político de su familia: eligió la ingeniería y la arquitectura con un rigor que lo llevó a formarse en Francia, uno de los centros más avanzados del mundo en materia de infraestructura pública. Estudió en el Liceo de Rennes, en la Escuela de Puentes y Calzadas de Nancy y posteriormente en la Escuela Especial de Arquitectura de París. Su formación fue sólida, moderna, técnica y profundamente influenciada por el urbanismo higienista europeo que transformaba las grandes ciudades del mundo.
Antes de regresar al país, trabajó en Francia como inspector de edificaciones y más tarde en Puerto Rico, donde participó en proyectos de urbanización, caminos y obras públicas. Esa experiencia lo dotó de una visión poco común en el Caribe de su época: la ciudad como organismo vivo, la planificación como acto de salud pública y la ingeniería como responsabilidad social.
A su regreso, el Estado dominicano —urgido de talento técnico— lo nombró Inspector General de Obras Públicas y, posteriormente, Ingeniero Municipal de Santo Domingo. Desde estas funciones inició una etapa de reorganización urbana que sentó las bases de la ciudad moderna. Fue un profesional metódico, disciplinado y reservado. No buscaba protagonismo, sino resultados. La prensa lo describía como un hombre que trabajaba con rigor casi científico y que asumía el servicio público como una ética de vida.
Entre sus obras más visibles se encuentra la remodelación del antiguo Palacio del Gobierno, conocido como Palacio Viejo, donde reorganizó su estructura e introdujo elementos que todavía se conservan. También dirigió la transformación del edificio del antiguo Ayuntamiento de Santo Domingo, incorporando la torre ochavada que marcó durante décadas la identidad visual del centro histórico. Ese edificio, símbolo institucional de la ciudad, es hoy la sede central de la Alcaldía del Distrito Nacional bajo la administración de Carolina Mejía. La permanencia de su diseño confirma la visión de modernidad sobria que guió su obra.
Otro de sus aportes fundamentales fue la reconstrucción del Hospital Padre Billini en 1925, sobre la estructura del antiguo Hospital San Andrés. Báez modernizó el edificio integrando criterios de ventilación, luz natural y circulación sanitaria muy avanzados para la época. Durante décadas, el Billini fue un ejemplo de infraestructura de salud pública eficiente y bien planificada.
Su trabajo en arquitectura residencial también dejó una marca duradera. Diseñó casas señoriales como la de Arturo Henríquez en la Avenida Independencia, la residencia Fausto en la calle Mercedes y la de Amadeo Rodríguez en la calle 30 de Marzo. Estas viviendas combinaron elementos victorianos, detalles eclécticos y rasgos tempranos del Art Nouveau, adaptados al clima y a la estética criolla. Su obra residencial mostraba elegancia, proporción, adaptabilidad y un sentido práctico que hoy se reconoce como pionero.
Pero más allá de las estructuras, Osvaldo Báez fue un pensador urbano adelantado. En sus escritos defendía el valor del drenaje pluvial, la importancia de la ventilación, la luz como elemento sanitario y la necesidad de una planificación coherente en una ciudad que crecía sin control. Para él, el ingeniero debía ser guardián del orden público y del bienestar colectivo. Su visión era clara: donde hay orden urbano, hay ciudadanía; donde hay higiene y planificación, hay salud y dignidad; donde hay obras duraderas, hay Estado.
Su vida profesional coincidió con años difíciles de transición nacional. En ese contexto, su obra representó continuidad, estabilidad y visión técnica por encima del vaivén político. Esa fue su verdadera grandeza: construyó para todos, no para un grupo o un gobierno. Su nombre no aparece en conflictos políticos, sino en planos, columnas, documentos técnicos y edificios que aún están en pie.
La figura de Osvaldo Báez merece ser recordada porque encarna un tipo de ciudadano que el país necesita: el que sirve sin estridencias, el que construye sin esperar aplausos, el que entiende su talento como un deber. Su legado vive en instituciones, residencias y espacios públicos que continúan funcionando, recordándonos que el verdadero progreso se fundamenta en la ética del trabajo bien hecho.
Hoy, en un tiempo donde el ruido suele imponerse sobre la esencia, su vida nos recuerda que la República también se sostiene en los silenciosos que dejan huella. La modernidad dominicana no se explica sin él. Su obra es testimonio de una época que aspiraba a la claridad, al orden y al servicio. Y su ejemplo sigue siendo un recordatorio de que el país se construye con visión, con carácter y con compromiso cívico.
Osvaldo Báez fue, y seguirá siendo, uno de los arquitectos esenciales de la Santo Domingo republicana y un ciudadano cuyo legado honra a toda la nación.
