OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- Ayer, después de una ronda de golf, surgió en la sobremesa un tema que solo aparece entre quienes hemos vivido lo suficiente como para mirarnos con honestidad: ¿cuándo hacer la parada final? No hablo de renunciar a vivir, sino de reconocer que hay momentos en que la productividad se transforma, la salud exige más atención y la existencia pide pausa, humildad y aceptación.

Somos un grupo de amigos entre 73 y 91 años, todos con vidas plenas, tropezones superados y gratitud acumulada. Conversábamos sobre cómo, en esta etapa, los costos de la salud aumentan justo cuando la productividad disminuye; cómo los seguros —esas “inclemencias de la vida”— parecen invertirse cuando más apoyo necesitamos; y cómo nuestras voces, aunque cargadas de experiencia, rara vez son realmente escuchadas por los más jóvenes.

En medio de estas reflexiones, pensé en mi propio recorrido. Hace poco entré en la viudez y mi nido quedó vacío: mis hijos, ya profesionales, viven con sus familias y mis nietos van creciendo independientemente de mis tiempos. Esa soledad, que a veces pesa, me ha obligado a mirar hacia atrás y descubrir que dos experiencias traumáticas me entrenaron sin yo saberlo para este momento: mi ingreso a una academia militar en 1963, siendo apenas un muchacho y el golpe emocional de la crisis bancaria, que me dejó privado de libertad y me cambió la vida.

En su momento, ambas experiencias parecían injustas. Hoy las interpreto como parte del molde que Dios fue usando para darme fortaleza. Me repito: “Andrés, no te quejes; las cosas pudieron ser peores.”

Y ese simple pensamiento me endereza la columna, me invita a caminar y me enseña que los momentos duros son reserva emocional para cuando la vida vuelve a apretar.

Por eso les digo, con el corazón abierto: no escatimen en formar a sus hijos con disciplina, independencia y gratitud. Esos son los verdaderos legados. Los hijos bien formados son bálsamo; los hijos sin guía pueden convertirse —injustamente, pero sucede— en una carga emocional en lugar de compañía.

No existe garantía de nada, excepto una verdad:
la siembra que no se hace a tiempo no da cosecha.

Y la familia, como la vida misma, no perdona la falta de siembra.

Hablamos también del otro tema que todos evitamos: cuándo dejar de luchar cuando llega la enfermedad. Les confesé que le pregunté a la inteligencia artificial por mi expectativa de vida en República Dominicana, considerando las edades de fallecimiento de mis hermanos y padres. Me respondió que ya superé la media, pero que, si continúo cuidándome, podría esperar nueve años más.

Me lo dijo con optimismo.
Y pensé: entonces debo estar haciendo algo bien.
Porque sigo escribiendo —mi legado espiritual—, sigo enseñando —mi legado intelectual—, sigo compartiendo con mis hijos y nietos —mi legado familiar—, y sigo disfrutando mi soledad sin exigirle a Dios más de lo que Él considere justo. Él me da memoria para recordar, serenidad para comprender y visión para agradecer.

En este tramo de la vida, ya no nos escuchan tanto, pero eso no significa que no tengamos nada que decir. Por eso les propongo que escriban: escribir es dejar una luz encendida en un pasillo por donde otros caminarán algún día. Quizá no ahora, quizá no mañana, pero eventualmente alguien leerá, entenderá y agradecerá que alguien se atrevió a dejar un testimonio.

La única experiencia para la cual no nos entrenan —ni en escuelas, ni en familias, ni en universidades— es la despedida final. Todos pasamos la vida preparándonos para trabajar, producir, ser útiles. Pero casi nadie se prepara para concluir. Y, sin embargo, es la única certeza que todos compartimos.

Tarde o temprano, todos llegaremos al punto donde la vida nos hace la última llamada. No es un castigo, no es una derrota: es la culminación natural del viaje. Quien lo entiende temprano, vive con más serenidad, suelta con menos miedo y agradece con más conciencia.

Es por eso que hoy escribo esto para mis amigos, para mis familiares, para mis compañeros de camino. Lo hago porque muchos están viviendo estos procesos, pero pocos los comparten. Y el silencio, a veces, se parece demasiado a la soledad.

La compañía sincera no evita el dolor, pero lo acompaña, y eso es un bálsamo.

Quiero que sepan que no están solos.

Cada uno con su historia, con su cruz, con sus recuerdos, con sus cicatrices, con sus gracias y con sus pérdidas, estamos viviendo la etapa más honesta de la vida: aquella donde ya no se compite, solo se comprende.

Yo he sentido que Dios, en su momento, me presionó más de lo que creía resistir. Hoy se lo agradezco. Porque me dejó en la mano el martillo y el clavo para seguir construyendo, paso a paso, el último tramo de mi existencia con dignidad, con fe y con propósito.

Y si algo deseo dejar claro, en esta época del año donde la nostalgia se mezcla con la esperanza, es esto:
He vivido una buena vida —incompleta, imperfecta, humana— pero buena, gracias a la voluntad de Dios.
He amado, he luchado, he perdido, he ganado y he aprendido.
He caído, me he levantado y hoy camino con más calma y menos prisa.

Este escrito es mi abrazo para ustedes.

Mi manera de decirles que el tiempo pasa, pero la amistad queda.

Que el cuerpo envejece, pero el espíritu sigue buscando sentido.

Que la vida se acorta, pero el agradecimiento se ensancha.
Sigamos caminando.
Sigamos compartiendo.
Sigamos agradeciendo.

El resto, como siempre, queda en manos del Altísimo.