OPINIÓN, ANDRÉS A AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- La historia económica dominicana tiene capítulos que no admiten maquillaje. La crisis bancaria de inicios de los 2003 —cuya raíz fue sistémica y no individual, producto de un cóctel tóxico de normas débiles, supervisión ausente, contabilidades paralelas, complicidades políticas, falta de capitalización en los bancos por parte de los dueños y un silencio empresarial conveniente— dejó una cicatriz profunda en la confianza pública. Yo siempre dije, y lo sigo diciendo hoy, que en aquel momento se le hizo un flaco servicio al país. Hubo quienes prefirieron mirar al otro lado y muchos que se dedicaron a“escupir para arriba”, olvidando que la gravedad moral siempre termina devolviendo aquello que se lanza con soberbia.
Esa crisis no fue solo el colapso de tres bancos. Fue la demolición de la ilusión colectiva de que el sector privado dominicano era un monolito de integridad, modernidad y disciplina. No lo era. Y hoy, más de veinte años después, la realidad vuelve a confirmarlo. Aquellos que se jactaban de ser “el paredón de la moralidad”, los guardianes de la ética ajena, los que daban cátedra pública con el dedo levantado, están cayendo exactamente en lo mismo que ellos mismos denunciaron. El péndulo de la vida es implacable: hoy tú, mañana yo. Pero la diferencia está en que algunos nunca entendieron que la ética no es pose ni marketing corporativo; es una práctica diaria que se prueba en los momentos difíciles.
Lo que vemos hoy —investigaciones, escándalos, silencios incómodos, desplomes éticos— no surge de la nada. Es la secuela natural de un liderazgo empresarial que, tras la crisis bancaria, no asumió una reflexión real. Fue más importante recuperar el “ritmo de negocios”, reconstruir reputaciones en conferencias, y volver a aparecer en paneles hablando de transparencia, que desmontar las lógicas culturales que permitieron los abusos. Se protegieron nombres. Se fabricaron versiones oficiales. Se dejó intacto el sistema político-empresarial que auspicia privilegios, financiamientos opacos y acuerdos en la sombra.
Y como el péndulo siempre regresa al punto de origen, ahora vemos el resultado: un empresariado dividido entre los que aprendieron y los que insisten en repetir patrones. Porque la vergüenza tiene memoria, aunque muchos crean que la sociedad la pierde rápido.
Lo más grave es que, mientras algunos actores caen en contradicciones, el país paga el costo reputacional. Y ese costo no se borra con comunicados ni con discursos bien elaborados. Se borra —si acaso puede borrarse— con un profundo acto de honestidad colectiva que reconozca que los errores del pasado no fueron “accidentes”, sino un síntoma de una cultura que todavía no termina de madurar.
Hace dos décadas vivimos una crisis sistémica. Hoy, lo que vivimos es una crisis moral dentro del propio sector que se supone debía ser columna vertebral de nuestro desarrollo. Y la señal más triste es que, a pesar de la historia, algunos parecen condenados a tropezar con la misma piedra que ellos mismos colocaron en el camino.
Quizá este sea el momento para recordar aquello que he repetido a lo largo de mi vida profesional: en la ética pública y privada no hay héroes permanentes; solo actos. Y esos actos, cuando se olvidan, regresan como un péndulo, golpeando sin avisar. La vida, al final, es un movimiento exacto: lo que se escupe hacia arriba siempre termina cayendo, sin falta, sobre quien se creyó intocable.
