OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 SEGUNDOS.- En 1989, cuando fui designado presidente ejecutivo de un banco comercial en la República Dominicana, me encontré con un equipo humano heredado de la institución adquirida. Entre sus miembros estaba el señor José Rafael Lantigua, a quien, por entonces, yo no conocía. Mi experiencia de casi dos décadas en la banca me había llevado a tratar con todo tipo de profesionales, pero confieso que me sorprendió encontrar, en aquel ámbito corporativo, a un intelectual de gran profundidad de pensamiento, capaz de analizar la realidad con una agudeza poco común.

Desde el inicio quise darle la oportunidad de continuar en la institución, convencido de que su talento y su conocimiento podían aportar mucho. Su primera responsabilidad fue organizar y redactar la estrategia de relaciones públicas del banco, tarea que desempeñaba con rigor y claridad admirables. Nuestras conversaciones en la oficina solían derivar hacia temas que, en aquel entonces, se apartaban de la rutina bancaria: economía, cultura, filosofía y, en particular, la inquietud de José Rafael por no haber tenido, hasta ese momento, acceso a una gran biblioteca personal, algo que él consideraba esencial para su desarrollo intelectual.

Pronto asumió la jefatura de Recursos Humanos, función que desempeñó con pulcritud, seriedad y un trato humano excepcional. Sin embargo, en aquellos años —poco después de la caída del Muro de Berlín— todavía persistían en América Latina y el Caribe fuertes corrientes intelectuales críticas hacia el sistema capitalista, al que algunos llamaban “capitalismo salvaje”. José Rafael, con sus inquietudes y vínculos con ciertos círculos académicos y profesionales, no era ajeno a ese debate. Hubo momentos en que esas tensiones ideológicas se reflejaron en el entorno de la institución, en medio de circunstancias que afectaron la estabilidad del banco.

Finalmente, en un proceso de reestructuración, la entidad quedó en manos de un equipo estrictamente enfocado en la gestión bancaria, mientras otros, como José Rafael, tomaron nuevos rumbos. Él encontró su lugar en un espacio que conjugaba sus inquietudes intelectuales con un proyecto de país: la Fundación Global Democracia y Desarrollo, junto al entonces presidente Leonel Fernández. Desde allí, y más tarde como ministro de Cultura, desarrolló una labor que dejó huella, tanto en el ámbito académico como en el cultural.

Hoy, con la noticia de su partida, me viene a la memoria aquella primera impresión que tuve en 1989 y el camino que él recorrió. Recuerdo que, en nuestras conversaciones, mencionaba a figuras que admiraba y a las que aspiraba parecerse. Irónicamente, una de esas personas ha sido de las que mejor ha hablado de él tras su fallecimiento. José Rafael Lantigua alcanzó, con creces, el reconocimiento intelectual y el aporte social que tanto anhelaba, demostrando que, aunque el camino no siempre es lineal, el talento y la perseverancia encuentran su lugar.

Su vida es un recordatorio de que hay personas cuyo destino es germinar en un terreno distinto al que imaginaron, pero cuya semilla, bien cultivada, florece con mayor fuerza. Hoy lo despido con respeto y gratitud, por lo que compartimos y por lo que aportó a la República Dominicana.