OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia.- Gazcue está en franco deterioro. Lo que alguna vez fue símbolo de modernidad, arquitectura de transición y vida apacible en la capital dominicana, hoy luce abandonado, arrabalizado y paralizado por una combinación de normativas desfasadas y una estructura vecinal fragmentada que ha debilitado su capacidad de respuesta ante los grandes desafíos urbanos.
El corazón del problema radica en que las normativas actuales del Ayuntamiento del Distrito Nacional (ADN) sobre densidad de construcción impiden el desarrollo natural del sector. A diferencia de Naco, Piantini o Paraíso, donde el mercado inmobiliario ha tenido libertad para responder a la demanda de vivienda y comercio, en Gazcue se sigue operando bajo criterios de los años 50, sin asumir el crecimiento poblacional ni la necesidad de adaptarse al siglo XXI.
Este freno normativo ha provocado que muchas residencias hayan sido abandonadas o convertidas en espacios improvisados, algunos tomados por instituciones públicas u ONGs mediante donaciones poco transparentes. Hay casos vergonzosos: terrenos donados para instituciones educativas que se han transformado en almacenes de autobuses y materiales de construcción, violando la finalidad de la donación y burlando la ley. Y todo esto sin que el Estado actúe, como si Gazcue no importara.
Además, la proliferación de múltiples juntas de vecinos ha fraccionado aún más el poder ciudadano. Cada quien lucha por su cuadra, y cuando una junta va a reclamar por apagones o escasez de agua, termina señalando a la otra: “¿Y por qué ellos sí tienen luz y nosotros no?”. Se ha replicado en Gazcue el viejo modelo político dominicano de dividir para reinar, creando pequeñas repúblicas vecinales que compiten entre sí, debilitando cualquier esfuerzo colectivo por rescatar el sector.
Peor aún, voces seudo-ecologistas, revestidas de buen vecindaje, se oponen a cualquier intento de modernización con el argumento de que Gazcue es un jardín botánico. Pero la realidad es otra: los espacios verdes se han perdido, la infraestructura se cae a pedazos, y lo poco que había para preservar ya fue deteriorado sin remedio. No se puede seguir pretendiendo que estamos en un paraíso ecológico cuando lo que tenemos es abandono.
Lo que Gazcue necesita es una revolución urbana sensata, con visión, con fuerza ciudadana y con una sola voz. Es hora de que se constituya una sola junta de vecinos que represente a todo el sector, sin celos ni competencias internas, para tener la fuerza suficiente de interlocución ante el Estado y los organismos internacionales.
Hay que liberar a Gazcue del inmovilismo. Hay que permitirle adaptarse a las realidades del 2025, con planificación urbana, verticalidad ordenada, respeto al espacio público y reglas claras para que el mercado actúe, como lo ha hecho en otras zonas de la ciudad.
Mientras sigamos metiendo la cabeza en la arena como el avestruz, quedará expuesto todo el cuerpo a la decadencia. Que este artículo sea un grito de alerta, pero también una convocatoria a despertar. Dejemos de soñar con pajaritos de colores y pongámonos a trabajar con soluciones reales. Gazcue no necesita nostalgia: necesita acción, unidad y coraje ciudadano.
