OPINIÓN, ANDRÉS A. AYBAR BÁEZ ([email protected]).- La historia política del Caribe y Centroamérica demuestra una verdad que no admite excepciones: Estados Unidos no tiene aliados eternos, solo intereses permanentes. Esta conclusión no es teórica para mí, ni proviene de libros o archivos. La viví en carne propia, porque en diferentes etapas de mi vida residí en Nicaragua, en Haití y en la República Dominicana, y conocí de cerca —por vínculos familiares y amistades— a varios de los protagonistas y entornos de poder que marcaron esas décadas. No me lo contaron: lo vi, lo escuché, lo viví.
Con esa experiencia directa se entienden mejor los finales abruptos de Rafael Leónidas Trujillo, Anastasio Somoza, la dinastía Duvalier en Haití, el general Ernesto Cruz Brea y el general Arturo Espaillat. Todos tuvieron un denominador común: durante años fueron funcionales a los intereses geopolíticos de Washington, y cuando dejaron de serlo, la puerta se cerró sin ceremonia, sin gratitud y sin memoria.
Trujillo fue durante más de treinta años un pilar anticomunista para Estados Unidos. Pero cuando su figura empezó a generar costos regionales y el atentado contra Betancourt rompió la tolerancia internacional, Washington simplemente dejó que su caída se consumara. Algo parecido viví durante mi estancia en Nicaragua, cuando los Somoza pasaron de ser los aliados por excelencia de Estados Unidos a convertirse en su problema. Aún recuerdo el clima político, la transformación súbita del discurso y la sensación de vacío que quedó cuando Washington retiró su apoyo en cuestión de semanas.
Haití me enseñó otra versión de la misma historia. La familia Duvalier gobernó precisamente desde esa lógica de utilidad estratégica, primero con “Papa Doc” y luego con “Baby Doc”. Pero cuando la presión internacional se hizo insostenible, Estados Unidos dejó que el régimen colapsara sin extenderle la mano que durante décadas había mantenido abierta. En pleno proceso de cambio, se percibía claramente cómo el apoyo que parecía sólido se desvaneció en silencio.
En la República Dominicana, vi cómo se repetía el patrón. El general Ernesto Cruz Brea, pieza clave durante la Guerra Fría bajo el gobierno de Joaquín Balaguer, terminó enfrentando la misma soledad política. Lo mismo el general Arturo Espaillat, cuya trayectoria militar parecía ofrecerle un blindaje que en realidad nunca existió. La cercanía que tuve con quienes conocieron de primera mano esas historias me permitió entender que el supuesto respaldo externo era siempre condicional, siempre frágil, siempre utilitario.
Por eso la lección es inevitable: ningún líder debe interpretar apoyo estratégico como lealtad personal. Esa lealtad no existe. Estados Unidos apoya mientras conviene, se aleja cuando deja de convenir y abandona sin titubeos cuando la ecuación cambia. Esa es la verdad que Maduro —como tantos antes que él— debería comprender. Ningún alivio temporal, ninguna negociación táctica y ninguna fotografía diplomática equivalen a permanencia o protección.
Trujillo, Somoza, los Duvalier, Cruz Brea y Arturo Espaillat lo aprendieron demasiado tarde. La puerta de Washington se abre por interés y se cierra por la misma razón: sin aviso, sin culpa y sin mirar atrás. Lo sé porque lo he visto ocurrir en tres países distintos y en tres momentos diferentes de mi vida. Y la historia, cuando se vive tan de cerca, deja claro que nada cambia: quien no entienda esta lógica termina escuchando el mismo sonido seco de una puerta que se cierra cuando ya no eres necesario.
