OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – La autocensura ha sido una constante silenciosa en la historia reciente de la República Dominicana. Muchos ciudadanos que vivieron bajo los regímenes de Horacio Vásquez, Rafael Trujillo y Joaquín Balaguer guardaron relatos importantes que nunca fueron contados públicamente. Ante la pregunta de por qué no documentar o compartir esas experiencias, la respuesta solía ser la misma: “Eso me lo llevaré a la tumba.” Dicha expresión refleja no una falta de memoria, sino una cultura profundamente arraigada de autocensura.
Este fenómeno no es exclusivo de tiempos dictatoriales. Nace como una medida de defensa en contextos autoritarios donde la palabra podía costar la libertad, el empleo, e incluso la vida. Pero lo preocupante es que, con el paso del tiempo, ese silencio defensivo se ha institucionalizado como norma cultural. En lugar de superarse con la llegada de la democracia, se ha perpetuado. Hoy, muchos ciudadanos continúan callando por temor a represalias, pérdida de oportunidades o simplemente por evitar conflictos con estructuras de poder aún activas.
Este miedo ha producido un país con abundantes historias por contar, pero con pocos testigos dispuestos a narrarlas. Los archivos personales, los testimonios orales y las memorias han sido reemplazados por un velo de discreción forzada. La sociedad se ha vuelto cómplice del olvido. Y al callar, legitima lo mal hecho.
La herencia del “síndrome de Trujillo” aún pesa sobre la conciencia colectiva. La frase popular “en boca cerrada no entran moscas” se convirtió en principio de vida durante su régimen. Esa lógica persiste. Aún hoy, en muchas instituciones, cuestionar lo establecido es visto como un acto de imprudencia. La autocensura ha sustituido el debate público.
No es difícil encontrar ejemplos. Funcionarios retirados que admiten en privado haber ejecutado órdenes injustas. Familias que aún temen hablar sobre sus experiencias durante épocas turbulentas. Universitarios que prefieren no investigar ciertos temas para evitar conflictos. Incluso periodistas que practican una prudencia excesiva, consciente o inconscientemente, frente a ciertos sectores de poder.
Uno de los episodios más graves, poco discutido, ocurrió durante los años más oscuros de la Guerra Fría, cuando militares dominicanos recibieron listas de personas que debían ser “eliminadas”. No eran decisiones soberanas. Eran directrices extranjeras disfrazadas de seguridad nacional. Las tumbas quedaban en suelo dominicano, pero las órdenes nacían en despachos foráneos. Tras la caída del Muro de Berlín, muchos de los artífices de esas políticas simplemente se lavaron las manos, dejando tras sí el peso del silencio.
Hoy, la autocensura no solo limita el conocimiento histórico: erosiona la democracia. Sin testimonios, sin archivos, sin voces que documenten lo vivido, la historia queda a merced de los poderosos y de los revisionistas que buscan moldearla según sus intereses. Una nación sin memoria crítica es una nación vulnerable.
Romper ese ciclo exige valentía colectiva. Es urgente escribir, hablar, grabar, documentar. No por morbo ni revancha, sino por justicia y por la necesidad de construir una memoria nacional sólida. Solo así se podrá educar a las futuras generaciones con base en la verdad y no en versiones maquilladas de los hechos.
El llamado es claro: basta de silencios cómplices. La República Dominicana necesita que sus ciudadanos recuperen la voz. Porque una sociedad que silencia su historia está condenada a repetir sus errores. Solo la verdad, por incómoda que sea, puede hacernos libres.
