OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – Estamos siendo testigos de la decadencia del orden jurídico internacional construido con tanto esfuerzo tras la Segunda Guerra Mundial. Aquel andamiaje institucional, sustentado en la esperanza de una paz duradera y en la promesa de la cooperación entre los Estados, hoy se desmorona ante nuestros ojos, víctima de su propia inoperancia y de la flagrante desobediencia de los actores globales.
Las Naciones Unidas, la OEA, la Corte Penal Internacional, entre otros organismos, han perdido autoridad y relevancia. Sus resoluciones ya no se cumplen, sus llamados no se escuchan, y sus principios fundamentales —como la soberanía, la autodeterminación de los pueblos o el respeto a los derechos humanos— son ignorados sistemáticamente. Lo más grave: no existen consecuencias reales para quienes violan estos principios.
Basta con observar los casos de Haití y Venezuela para comprobar esta crisis. En Haití, el colapso institucional ha sido absoluto, y la comunidad internacional ha respondido con declaraciones vacías, sin capacidad de acción efectiva. En Venezuela, la ruptura democrática ha sido evidente durante más de una década, y sin embargo, los organismos regionales e internacionales han demostrado una pasividad que raya en la complicidad.
Estamos en el final de un ciclo histórico. El sistema internacional creado después de 1945 ha dejado de ser funcional. La credibilidad de las instituciones globales está en el piso, y el mundo parece entrar en una fase de anarquía geopolítica, donde la fuerza prima sobre el derecho, y donde cada Estado impone su agenda, sin considerar las normas comunes que alguna vez prometieron estabilidad y justicia.
Es momento de revisar el andamiaje global. No podemos seguir sosteniendo instituciones que han perdido su capacidad de cumplir con su misión. Urge un rediseño profundo, basado en la realidad del siglo XXI y no en las promesas del pasado. De lo contrario, corremos el riesgo de caer en un orden mundial marcado por la ley del más fuerte, donde el derecho internacional será apenas un recuerdo en los libros de historia.
