Dicen que el patrimonio es memoria. En Gazcue hemos ido más lejos: lo hemos convertido en una disciplina olímpica… la memoria congelada.
OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, PARA 7 SEGUNDOS.- En nombre de la preservación histórica, el Estado ha logrado una hazaña admirable: detener docenas de proyectos, frenar inversiones, deprimir valores inmobiliarios y, al mismo tiempo, no preservar absolutamente nada. Un equilibrio perfecto entre la teoría romántica y la realidad presupuestaria.
Porque seamos sinceros: el Estado no tiene recursos para preservar lo que declara patrimonio. Tampoco los ayuntamientos. Tampoco las instituciones culturales. Pero eso sí, sí tienen resoluciones, reglamentos, comisiones, sellos y firmas. Muchos sellos.
El resultado es una categoría urbanística fascinante:
Patrimonio sin presupuesto.
Y ahí entra la historia de la antigua casona familiar de los Báez López Penha, ubicada en la esquina de Osvaldo Báez con Independencia. Una casa con historia, memoria y valor sentimental. Declarada patrimonio. Protegida en papel. Bendecida por resoluciones.
En la práctica, abandonada a su suerte.
El nuevo propietario, enfrentado a la imposibilidad de desarrollar el terreno con reglas claras y viables, optó por la creatividad dominicana: reinterpretar las resoluciones hasta convertirlas en una especie de sudoku legal. Resultado: el adefesio arquitectónico que hoy adorna la esquina y que cualquiera puede visitar como museo involuntario de la distorsión normativa.
Una estructura que viola el espíritu de las regulaciones, desfigura el entorno, y demuestra —con admirable sinceridad— lo que ocurre cuando se intenta congelar la ciudad sin ofrecer soluciones reales.
La paradoja es deliciosa:
La normativa que debía preservar el patrimonio terminó produciendo su caricatura.
Gazcue hoy es un laboratorio urbano donde conviven tres realidades:
•Propiedades declaradas patrimonio sin mantenimiento.
•Familias propietarias atrapadas en activos que no pueden desarrollar.
•Un Estado que no puede preservar ni permitir preservar.
Un triángulo perfecto de inmovilidad.
Mientras tanto, a pocas cuadras, torres de 20 y 30 pisos crecen sin complejos. Pero dentro del perímetro sagrado de Gazcue, levantar un edificio viable es casi un acto revolucionario. El suelo no se paga, la inversión no se justifica, pero la fe normativa permanece intacta.
La pregunta inevitable es incómoda:
¿A quién estamos engañando con estas normas?
Si el Estado no puede preservar, y el propietario no puede desarrollar, lo único que se preserva es la ruina progresiva. Y la ruina, por definición, no es patrimonio: es abandono con firma oficial.
Tal vez ha llegado el momento de sincerar el debate. De admitir que la preservación sin financiamiento es una ficción. Que la ciudad no puede vivir congelada en decretos. Que proteger el patrimonio no puede significar destruir el patrimonio familiar de quienes han sostenido esas casas durante generaciones.
Porque lo que hoy vemos en esa esquina no es patrimonio.
Es el resultado inevitable de políticas insostenibles en el tiempo.
Gazcue no necesita más resoluciones.
Necesita realismo.
Y, sobre todo, necesita dejar de fingir que la nostalgia paga el mantenimiento.
