Crónica final de la Ruta Sefardí

OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – El día 13 de este recorrido ancestral nos llevó desde la luminosa San Sebastián hasta la sobria grandeza de Burgos, cerrando en Madrid con el corazón lleno de imágenes, sabores y reflexiones. Fue el final de un viaje, pero también el inicio de un compromiso.

Desde el Monte Igueldo, la bahía de San Sebastián se reveló como un espejo entre el cielo y el mar, custodiada por los jardines del Palacio de Miramar. Luego, en la Parte Vieja, entre pintxos de autor y risas de locales, sentí la vitalidad de una ciudad que, como muchas en esta ruta, sabe entretejer pasado y presente con natural elegancia. San Sebastián fue alegría, sabor y mar. Pero también, como Hondarribia y otros puertos del norte, un punto de tránsito para los sefardíes que escaparon hacia Francia cuando la historia les cerraba las puertas.

En Burgos, ya en el corazón de Castilla, la piedra habló. Su catedral gótica, imponente y serena, nos invitó al recogimiento. Cada arco, cada rosetón, parecían contener los suspiros de una historia que también fue nuestra. Aquí, en tierra de inquisiciones y esplendores, los sefardíes dejaron huellas que aún resisten el olvido.

Este viaje no fue turístico: fue existencial. Inició en Madrid y se desplegó como una sinfonía de memoria y justicia. En Toledo, la convivencia truncada entre culturas; en Puerto Lápice, la sombra de Don Quijote; en Granada, la Alhambra y el eco de Sefarad. El sur nos envolvió con Málaga, el brillo de Puerto Banús, la elegancia de Marbella y los abismos de Ronda, hasta llegar a la vitalidad de Sevilla.

En Mérida tocamos ruinas romanas aún vivas; en Évora caminamos calles detenidas en el tiempo. Lisboa nos ofreció luz, fado y dignidad. Y fue en Fátima donde encendí una vela por Dania, mi compañera de vida, mi razón de fe. Allí, en medio de miles de peregrinos, sentí su presencia abrazándome en silencio.

Oporto nos regaló río y vino, y en Braga ascendimos al Bom Jesus. En Cambados navegamos la ría de Arousa entre mejillones y albariño. Santiago de Compostela nos llenó de espiritualidad. Lugo, con sus murallas romanas; O Cebreiro, con su aldea ancestral; León, con su catedral de luz; y Oviedo, con su sabor a sidra y tradición, fueron escalas en una travesía interior.

Santander y sus acantilados; Bilbao y su renacimiento urbano; Guernica y su dolor todavía palpitante; y Hondarribia, joya marinera, completaron la cornisa atlántica. Cada lugar susurró la historia de los que partieron, los que resistieron y los que renacieron.

Pero este viaje fue también un acto de honra y gratitud a mi familia López Penha, que supo resistir con dignidad la diáspora, la pérdida y el exilio. Su legado de lucha, fe y memoria nos permitió, siglos después de la expulsión de 1492, recuperar la nacionalidad española como testimonio de justicia histórica. No lo hicimos por nostalgia, sino por verdad. Por derecho. Por amor a lo que fuimos y a lo que aún somos.

Fueron 16 días y 17 artículos escritos con el alma. Hoy regreso a Madrid con la certeza de que este viaje no termina: comienza. Porque quien honra a sus muertos y a su historia, camina con más luz hacia el porvenir.

Gracias, Sefarad. Hasta pronto.