Crónica de una búsqueda ancestral
OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – Al cruzar la frontera de España a Portugal, uno cree que solo cambian la hora y el idioma, pero pronto se descubre que también cambia el tono de la historia. Portugal fue, por un instante, refugio para los judíos expulsados, pero rápidamente se convirtió en escenario de nuevas traiciones. Aquí, los sefardíes hallaron una breve esperanza antes de enfrentar de nuevo el filo de la intolerancia.
Tras el Edicto de Granada en 1492, miles de judíos cruzaron hacia Portugal buscando amparo. El rey João II permitió su entrada a cambio de tributo, pero por un año. Los que no pudieron pagar ni salir a tiempo fueron esclavizados. Bajo Manuel I, el país dio un giro cruel: para casarse con la infanta Isabel de Castilla, aceptó expulsar o convertir por la fuerza a todos los judíos en 1497, sin importar su arraigo o su aporte al reino.
Se les prometió pasaje seguro y se les condujo, en cambio, a conversiones masivas. Así nació la comunidad de los cristãos-novos —judíos bautizados a la fuerza— que serían marginados y perseguidos durante siglos, incluso bajo la Inquisición portuguesa, establecida en 1536.
Y aun así, en medio de la tragedia, los sefardíes dejaron una huella profunda en Lisboa. En Alfama, Baixa y Bairro Alto florecieron como banqueros, médicos, artesanos y comerciantes. Muchos participaron activamente en la expansión marítima portuguesa, financiando expediciones hacia África, Asia y Brasil. Su memoria, aunque enterrada, nunca fue del todo borrada.
En mi ruta de homenaje, detenerme en Estoril, Cascáis y Sintra fue inevitable. Aunque en el siglo XV eran apenas villas humildes, en el siglo XX se convirtieron en refugio de exiliados, diplomáticos, aristócratas y judíos perseguidos por el nazismo. Sintra, con sus palacios entre la niebla, parece guardar en sus piedras viejas todos los secretos del exilio. Estoril y Cascáis, con su elegancia discreta, conservan el aire cosmopolita de quienes buscaron allí una segunda oportunidad.
A pocos minutos, el campo de golf de Penha Longa, en los montes de Sintra, emerge como símbolo de contraste: enclavado donde antes hubo un monasterio del siglo XIV, hoy ofrece armonía sobre tierras de memoria. Allí sentí que la historia también puede encontrar redención en lo cotidiano: caminar sobre ese césped fue rendir tributo a los que un día tuvieron que huir.
En medio de todas estas capas históricas, el apellido López Penha reaparece con fuerza. Aunque nuestra rama emigró hacia Curazao y luego al Caribe, hay registros en archivos portugueses del siglo XVII de familias Penha o Lopes-Penha vinculadas al comercio atlántico y a la comunidad judía portuguesa de Ámsterdam. La diáspora sefardí fue resiliente y organizada, manteniendo vivas sus redes de pertenencia entre Lisboa, los Países Bajos, Brasil y las islas del Caribe.
Hoy, al mirar el mar desde Cascáis, o al perderse en la niebla de Sintra, no puedo dejar de pensar en los que partieron sin saber si volverían, en los que callaron para proteger su fe, en los que resistieron desde el alma. Porque la historia no se escribe solo con los vencedores, sino también con los que supieron sobrevivir sin renunciar a ser.
Y también con quienes, siglos después, transforman el dolor en generosidad. Como Mauricio Botton Carasso, descendiente sefardí y nieto de Isaac Carasso, fundador de Danone, quien en 2021, junto a su esposa Carlota, donó 50 millones de euros a la Fundación Champalimaud para fundar en Lisboa el Botton‑Champalimaud Pancreatic Cancer Centre. Su gesto honra la memoria de los que resistieron y devolvieron luz allí donde solo había sombras.
