Crónica de una búsqueda ancestral
OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ, para 7 Segundos Multimedia. – Cuando el autobús partió de Sevilla y comenzamos a bordear el curso del Guadalquivir, sentí que no solo atravesábamos un paisaje andaluz, sino también un río profundo de memoria. Sevilla, vibrante y altiva, nos despidió con su pasado esplendoroso de comercio ultramarino, y fue allí donde percibí con claridad que este viaje era mucho más que turismo: era una reparación espiritual y una ofrenda íntima.
Al adentrarnos hacia Mérida, y más tarde cruzando la frontera invisible hacia Évora y finalmente Lisboa, cada parada era una página del libro que nunca pudieron leer nuestras madres, tías, abuelas: las Báez López Penha. Mujeres tenaces que, junto a sus padres y hermanos, levantaron con dignidad una familia en la República Dominicana, sin saber que les asistía el derecho de retornar, de reclamar su linaje, de restaurar su historia.
Hoy, gracias al decreto que reconoció la deuda histórica con los sefardíes expulsados en 1492, he podido recorrer este sendero no como turista, sino como testigo. Y mientras avanzábamos entre los castillos, pensé en Moisés Benjamín López Penha Levy, aquel hombre que llegó desde Curazao a Azua con su historia a cuestas —y en todo lo que tuvo que ceder para que nosotros hoy cosechemos frutos de justicia, educación, estabilidad y pertenencia. Este trayecto de Sevilla a Lisboa es una travesía también interior. Porque aquí comprendí que no se trata solo de obtener la nacionalidad española por una ley: se trata de cerrar un ciclo. De agradecer —con el corazón en la mano— a quienes murieron sin saber que tenían derecho. De decirles, desde este presente, que sus sacrificios no fueron en vano. Que esta generación, por fin, ha cruzado el puente que ellos apenas pudieron vislumbrar.
En este nuevo tramo del recorrido, nuestro guía compartió una revelación que me hizo ver con nuevos ojos los ríos de esta historia: la teoría, respaldada por varios estudiosos, de que Cristóbal Colón fue un judío converso. Se dice que adoptó la identidad de genovés para evitar la persecución y que su travesía de 1492, lejos de ser solo un acto de descubrimiento, fue también una huida premeditada de la tragedia que se cernía sobre su pueblo. No es coincidencia que partiera hacia el Nuevo Mundo el 3 de agosto de ese año, un día después del plazo fatal impuesto por el Edicto de Expulsión. Varios de sus financiadores, como Luis de Santángel y Gabriel Sánchez, eran conversos. ¿Y si el descubrimiento de América fue también un plan de supervivencia, una búsqueda desesperada de libertad y nuevos horizontes para Sefarad?
Sevilla, ciudad clave en esta narrativa, no solo fue cuna de navegantes y comerciantes, sino también un centro neurálgico de la vida judía. El barrio de la judería, ubicado junto al Alcázar, fue concedido por los monarcas a la comunidad hebrea para que viviera cerca del poder político. Allí florecieron médicos, artesanos, banqueros, pensadores. Y allí también se quebró el equilibrio cuando la intolerancia reemplazó al pragmatismo.
Por eso este viaje no es solo mío: es un acto de restitución silenciosa. Como Colón, también salimos desde Sevilla; pero nuestro rumbo no fue hacia un continente nuevo, sino hacia un pasado redescubierto, hacia las raíces que nuestras madres y abuelas nunca supieron que podían reclamar. Cada paso que damos por esta ruta es un acto de voz y memoria. Porque los exiliados de ayer no solo perdieron tierras y bienes: perdieron el relato de su existencia.
Y así, mientras Lisboa nos recibe con su aire atlántico —una parada más en el camino— dejo estas palabras como un tributo: a Moisés, a Adelaida, a Rhina, a todas las Báez López Penha.
Gracias por haber resistido.
Gracias por no rendirse.
Estamos de regreso a casa.
