EDITORIAL.- «U’té sabe quién soy yo». No hay dominicano residente en el territorio nacional que de alguna u otra forma no conozca esta frase o actitud. Inherente al sentimiento de autoridad que da un cargo público y que buscará no cumplir la ley a costa de su efímero poder personal. 

Éste sentimiento de supremacía social se ha rechazado ampliamente por los ciudadanos, puesto que al final del día un funcionario público existe para servir a la sociedad, no para atropellar, maltratar ni sentirse un semi-dios con privilegios especiales. Esto es parte del orden público. 

Por supuesto, cuidar y respetar a nuestros vecinos, el buen uso de las vías públicas, proteger los bienes del Estado, cuidar las obras de nuestras comunidades, respetar las autoridades policiales; todo esto implica acuerdos sociales que nos permiten convivir como seres humanos que compartimos un territorio y proveemos un orden público. 

¿Qué se está dando en República Dominicana? Que pareciera, estamos llegando a los puntos más frágiles de nuestros acuerdos sociales, dónde prima el desorden. Lo vemos en el tránsito, en los ruidos sin pensar en la comunidad, en cómo se estaciona alguien en las aceras, en fin… en la falta de consecuencias. 

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Pero hay algo más grave, aunque parezca insignificante, y es el respeto a las autoridades policiales, que velan por este orden público. En la tarde del miércoles siete de agosto, una multitud decidió por unanimidad que la acción de unos agentes de la DIGESETT de incautar motocicletas, avalada en su prerrogativa como funcionarios del orden público, no era afín con sus intereses e interceptaron al grúa, amedrentaron a los dos agentes y retiraron todas las motocicletas de la misma. Esto pasó sin pena ni gloria como «un evento más de redes».

Veámos el mensaje, veámos el impacto de una acción similar; veámos que esa multitud en Gambita de San Cristóbal dice que está por encima de la DIGESETT y que la ley para ellos no aplica. Es la definición criolla de anarquía.

El irrespeto a la autoridad y flexibilidad del péndulo social viene dándose hace décadas; hoy vemos el resultado de un país dónde las consecuencias son solo un cuento de camino que se discute en los micrófonos de los programas políticos.

Lo que continuamos ignorando es que a medida que perdemos el orden público, perdemos las autoridades y, a la vez, perdemos nuestros acuerdos sociales y de perder estos últimos, entre trabajo y cervezas, la República Dominicana, fácilmente se nos va entre las patas.