OPINIÓN, POR ANDILIS ALMONTE.- Uno entra al periodismo con la idea de hacer preguntas, contar historias, cuestionar lo que está mal y aportar, aunque sea un poquito, a que las cosas mejoren. Pero cuando empiezas a ejercer, te das cuenta de que el oficio también tiene sus dinámicas, sus retos y sus contradicciones.

Y no, no tiene nada de malo conocer gente, asistir a eventos, hacer contactos o aprovechar oportunidades. ¡Claro que no! Al final, también estamos trabajando y queremos crecer.

Pero a veces me pregunto: ¿en qué momento empezamos a darle más importancia a las invitaciones, las fotografías y la cercanía con ciertas figuras que a los problemas que enfrenta la sociedad y las respuestas que necesita? La gente confía en que usemos nuestra voz para visibilizar sus realidades, cuestionar lo que no funciona y exigir respuestas. ¿Estamos honrando esa confianza o nos estamos distrayendo con las oportunidades que nos acercan al poder, mientras dejamos en segundo plano aquello que debería ocupar el centro de nuestro trabajo?

Porque una cosa es aprovechar el acceso para hacer mejor nuestro trabajo y otra es que, por cuidar ese acceso, dejemos de hacer preguntas que también son necesarias.

Y aquí es donde la cosa se pone interesante: se habla de favoritismo, de falta de oportunidades y de un sistema en el que no siempre basta con tener talento. Pero ¿nos hacemos esas mismas preguntas cuando somos nosotros quienes resultamos beneficiados? ¿Nos incomoda la dinámica o nos incomoda quedarnos fuera de ella?

No lo digo desde una posición de superioridad, porque quienes ejercemos esta profesión también tenemos aspiraciones, necesidades y muchas ganas de avanzar. Sería poco realista ignorarlo.

Pero hay algo que no deberíamos perder de vista: el periodismo también es una responsabilidad colectiva. La sociedad nos da un voto de confianza cuando nos escucha, cuando comparte nuestras historias y cuando espera que preguntemos aquello que necesita saber. Confía en que nuestro trabajo puede ayudarla a entender su realidad, exigir respuestas y contribuir a que las cosas mejoren para todos.

Ese voto de confianza no significa que tengamos todas las respuestas ni que podamos resolverlo todo. Pero sí nos recuerda que nuestro trabajo va más allá de conseguir acceso, ganar reconocimiento o abrirnos camino profesionalmente.

Por eso, creo que vale la pena preguntarnos: ¿queremos que las cosas funcionen diferente o simplemente queremos tener un mejor lugar dentro de cómo funcionan ahora?

Al final, el micrófono nos da voz, nos permite llegar a lugares y nos abre conversaciones. Pero no debería convertirnos en los protagonistas de las historias que estamos llamados a contar.

Quizás parte de hacer mejor periodismo también sea aprender a mirarnos hacia dentro, reconocer nuestras contradicciones y entender que cuestionar no puede ser algo que hagamos únicamente cuando no somos nosotros los favorecidos.

Acercarse al poder no es el problema. El problema es olvidar para qué tenemos un micrófono cuando conseguimos acceso a él.