¿Una nueva diplomacia estadounidense, diferencias institucionales o señales que todavía no sabemos interpretar?

OPINIÓN, ANDRÉS AYBAR BÁEZ PARA 7 SEGUNDOS MULTIMEDIA.– En política internacional, las cosas no siempre son como parecen. Muchas veces, lo que sucede detrás de los telones tiene mayor trascendencia que los discursos, las fotografías y los elogios oficiales. Los recientes acontecimientos entre Washington y Santo Domingo plantean interrogantes que merecen examinarse con serenidad y profundidad académica.

Comencemos por la salida de Roberto Álvarez de la Cancillería dominicana, después de seis años de gestión, y su sustitución por Víctor “Ito” Bisonó. Oficialmente, Álvarez presentó su renuncia y recibió la distinción de embajador emérito. Sin embargo, han circulado versiones no confirmadas sobre supuestas diferencias con la embajadora estadounidense Leah Francis Campos. ¿Existieron realmente esas discrepancias? ¿O estamos relacionando acontecimientos independientes?

Mientras tanto, la embajadora estadounidense ha desarrollado una diplomacia pública particularmente visible, acercándose a influenciadores, comunicadores digitales y sectores populares. Sus contactos con figuras vinculadas a Alofoke y Somos Pueblo, así como sus visitas a colmados y comunidades, representan una modalidad de acercamiento que despierta interés.

No cuestionamos el derecho de una embajadora a relacionarse con distintos sectores de la sociedad. Por el contrario, fomentar relaciones amistosas constituye una función legítima de la diplomacia. Pero surge una pregunta: ¿está Washington ampliando sus interlocutores tradicionales hacia figuras cuya influencia digital supera, en ocasiones, la capacidad de convocatoria de organizaciones políticas convencionales?

¿Podría esa creciente visibilidad diplomática generar incomodidades entre sectores políticos, empresariales o sociales acostumbrados a mantener una interlocución privilegiada con la representación estadounidense? ¿Estamos ante una estrategia institucional de diplomacia pública o simplemente frente al estilo personal de la embajadora?

El asunto adquiere mayor interés con las recientes declaraciones del presidente Donald Trump durante la celebración del Mes de la Herencia Hispana en la Casa Blanca. El mandatario estadounidense relató que había preguntado al presidente Luis Abinader si deseaba que sustituyera a su embajadora y que, según su versión, recibió una respuesta favorable a su permanencia.

Trump elogió públicamente el trabajo de Leah Campos y se expresó favorablemente sobre el presidente dominicano. Lo que está documentado es su declaración pública; el contenido exacto de la conversación privada que atribuyó a Abinader no ha sido confirmado independientemente.

Pero aquí aparece una interrogante: ¿por qué el presidente de los Estados Unidos consideró oportuno mencionar la posibilidad de sustituir a su representante diplomática? ¿Fue una expresión espontánea, una manifestación de confianza o existía algún contexto adicional que desconocemos? No tenemos elementos suficientes para establecerlo.

Paralelamente, el nuevo canciller Ito Bisonó ha desarrollado una agenda de contactos en Washington, después de participar en las actividades de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su presencia en la Semana Dominicana y sus gestiones de cooperación bilateral plantean otra pregunta: ¿estamos ante un fortalecimiento de los canales institucionales dominicanos frente a los centros de decisión estadounidenses?

La República Dominicana mantiene con Estados Unidos relaciones de enorme importancia económica, comercial, migratoria y estratégica. Nuestra ubicación en el Caribe, la proximidad con Haití y los vínculos históricos entre ambas sociedades explican la relevancia de esa relación bilateral.

Desde la perspectiva del derecho internacional, la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas reconoce las funciones de representación, información por medios lícitos y promoción de relaciones amistosas, pero también exige respetar las leyes y abstenerse de intervenir en los asuntos internos del Estado receptor.

La diplomacia contemporánea está cambiando. Las redes sociales, los influenciadores y los nuevos canales de comunicación han adquirido una importancia que hace apenas dos décadas resultaba difícil imaginar. Pero la modernización de las formas diplomáticas no elimina la necesidad de preservar los canales institucionales y el respeto recíproco entre Estados.

Como académico y estudioso de las relaciones internacionales, no pretendo afirmar que exista una crisis diplomática ni atribuir intenciones que no han sido demostradas. Mi inquietud es comprender si estamos presenciando una transformación en los mecanismos de influencia y comunicación entre Washington y Santo Domingo.

Quizás estos acontecimientos tengan explicaciones independientes. Quizás existan diferencias normales que se administran discretamente. O quizás estemos observando una nueva etapa de diplomacia pública que todavía no comprendemos en toda su dimensión.

La pregunta fundamental no es si existe una confrontación, sino si estamos interpretando correctamente las señales de una diplomacia que parece estar modificando sus formas tradicionales.

Porque los elogios públicos pueden coexistir con diferencias privadas, sin que ello signifique necesariamente una crisis.

En política internacional, no todo lo importante se anuncia, ni todo lo que se anuncia es necesariamente lo más importante.

Y quizás esa sea la verdadera reflexión que debemos hacer:

¿Qué está sucediendo detrás de los telones que todavía no alcanzamos a ver desde el escenario?